Saqué otro documento: un contrato de alquiler de un piso luminoso en Santa Fe, que había comprado recientemente como inversión. Puse una copia sobre la mesa.
—Este será su nuevo hogar. Un lugar donde podrán estar solos, sin que nadie se crea con derecho a dirigir su vida —expliqué—. Esta casa quedará vacía mientras decido qué hacer con ella. Así que, de hecho, si te quedaras aquí después del plazo que marca ese papel… —señalé el requerimiento en sus manos— estarías ocupando una vivienda sin ningún derecho. Y eso en México también tiene nombre y consecuencias.
Patricia me miraba como si no entendiera el idioma.
—No puedes hacerme esto —repitió, pero ahora sonaba más a súplica que a orden—. ¿A dónde voy a ir?
—A tu propio departamento —respondí—. El que has alquilado en Coyoacán. Sé que lo firmaste esta semana. Te adelanté la fianza de manera anónima para que no pudieras decir que no tenías opciones.
Alejandro abrió los ojos de par en par.
—¿Has sido tú?
—Alguien tenía que sacar esto del terreno de los gritos y llevarlo al terreno de las soluciones —dije simplemente.
Fui hasta el recibidor, donde había dejado una pequeña maleta rígida. La arrastré de vuelta al salón y la dejé junto a la silla de Patricia.
—He metido tu ropa para un par de semanas —añadí, sin dramatismo—. Si necesitas el resto, puedes venir mañana con mi hijo y yo estaré aquí para recibirte. Hoy es el cumpleaños de Lucía. No pienso permitir que lo recuerde toda la vida como el día en que su madre convirtió su casa en un circo.
Nadie se movió. Patricia miró la maleta, el papel, luego a Lucía.
—¿De verdad vais a dejar que esta mujer me humille así? —susurró.
Lucía respiró hondo, las mejillas aún húmedas.
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