Cuando Gabriela se marchó, él cerró la puerta con más fuerza de la necesaria.
—Has perdido la cabeza por un coche.
—No es por el coche.
—Entonces, ¿por qué?
Lo miré durante unos segundos. Llevábamos once años casados. Lo había acompañado en ascensos, cenas de trabajo, mudanzas, funerales, dos embarazos difíciles, noches sin dormir, padres enfermos. Había sostenido su agenda, su casa, sus hijos, su imagen de hombre resuelto. Y aun así, seguía viéndome como alguien que “no aportaba”.
—Porque me has dejado claro cuál es mi valor para ti.
Se pasó una mano por el pelo y empezó a pasearse por la sala.
—Mira, Fernanda tiene problemas. Tú lo sabes. Solo necesitaba el coche unas semanas.
—Entonces le habrías prestado el tuyo.
Se quedó callado.
—Exacto —dije—. Pero no le diste el tuyo. Le diste el mío.
Su teléfono sonó en ese momento. Vi el nombre de Fernanda iluminando la pantalla. Rechazó la llamada.
—Vamos a arreglar esto —dijo—. Hablaré con ella. Mañana tendrás el coche de vuelta.
—Ya no se trata de devolver llaves.
Saqué de la vitrina una copia simple de las escrituras y la dejé sobre la mesa de centro. Él la miró como si fuera una amenaza física.
—He hablado con una abogada esta mañana. La casa es un bien privativo. Puedo venderla. Y también he pedido una cita para revisar nuestra separación de bienes de hecho sobre ciertas cuentas y gastos.
—¿Fuiste con una abogada?
—Sí.
Su rostro cambió. Primero indignación, luego desconcierto, después un miedo muy concreto.
—No harías esto de verdad.
—Ya lo estoy haciendo.
Esa noche durmió en el cuarto de visitas. A la una y media lo oí hablar por teléfono en voz baja, seguramente con Fernanda, quizá con su mamá. A las siete, cuando bajé a preparar el desayuno, me encontré con mi Volvo estacionada frente a la casa. Fernanda estaba sentada al volante, con lentes oscuros y los labios apretados. Entró sin tocar.
—Te pasaste —me dijo.
—Devuélveme las dos llaves y los papeles.
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