Mi esposo me regaló un vestido… pero cuando su hermana se lo probó, empezó a gritar desesperada.

Porque en ese momento ya lo tenía claro: aquella prenda no era un regalo. Era el hilo de una trama que llevaba demasiado tiempo escondida, y alguien acababa de jalar de él.

Salimos de casa sin comer, con el vestido guardado en una funda opaca y una tensión tan espesa que apenas podíamos respirar dentro del coche. Natalia manejaba demasiado rápido por el Periférico, tamborileando con los dedos contra el volante cada vez que se detenía en un semáforo. Yo iba mirando el celular, esperando un mensaje de Alejandro, pero solo encontré dos correos de trabajo y una promoción del súper. Nada suyo. Eso me inquietaba aún más.

El departamento de Natalia estaba en Santa Fe, en un conjunto moderno con cámaras en la entrada y un guardia que apenas levantó la vista. Subimos en elevador hasta el cuarto piso. En cuanto abrió la puerta, fue directo al dormitorio principal y apartó una caja de zapatos del fondo del clóset. Dentro había recibos, un reloj antiguo, dos pasaportes vencidos y una memoria USB negra.

—Aquí está.

—Bien. Ahora necesitamos saber qué papel juega Alejandro.

—Y si Nuria sigue viva —dijo ella.

La miré.

—¿Crees que está muerta?

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