Leí la frase dos veces.
—Alejandro no sabe nada —repetí.
Natalia se inclinó sobre la pantalla, temblando.
—Entonces lo han usado.
Eso encajaba mejor con el hombre con el que vivía. Si Julián le había pedido recoger un paquete o comprar una pieza reservada “para una clienta”, Alejandro habría obedecido sin sospechar. Era exactamente el tipo de encargo ambiguo que un empleado fiel cumpliría para agradar a un jefe poderoso.
Pero la conclusión no nos tranquilizó; la empeoró todo. Si Julián había utilizado a Alejandro como mensajero involuntario, era porque quería lanzar un aviso sin exponerse. Y si el vestido había llegado hasta Natalia, él sabía perfectamente dónde golpear.
—Tenemos que sacarlo de la oficina ahora mismo —dije.
Llamé a Alejandro. Contestó al tercer tono, con voz baja.
—Elena, no puedo hablar. Estoy entrando a una reunión.
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