—¿Puedes demostrar que fue él quien te lo encargó? —pregunté.
Alejandro sacó el celular y enseñó un mensaje interno de la empresa. Ahí estaba: una instrucción breve, cordial, firmada por Julián.
Era suficiente para entender el esquema, pero no para tumbarlo legalmente. Aun así, ya no podíamos seguir escondidos. Había dinero, fraude y amenazas. Y tal vez una desaparición.
Propuse ir a la fiscalía especializada en delitos financieros con un abogado. Natalia quiso negarse. Alejandro la interrumpió por primera vez con dureza.
—Se acabó. Tuviste meses para callar y casi nos destruyes la vida. Ahora se hace bien.
Lo sorprendente fue que Natalia no discutió. Quizá porque por fin había alguien más sosteniendo el peso.
Esa misma tarde contactamos a Tomás Echevarría, un abogado penalista recomendado por una amiga mía. Nos recibió en su despacho en el centro de la ciudad a última hora. Revisó los documentos, la nota escondida, el mensaje de Julián, la fotografía del Camino Real y el contenido de la memoria USB. Su conclusión fue clara: no debíamos movernos solos ni alertar a nadie más dentro de la empresa.
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