—Ya estoy fuera. ¿Quieres decirme qué demonios pasa?
Le pedí que viniera directamente al departamento de Natalia. Tardó cuarenta minutos. Cuando entró, con el saco abierto y el gesto endurecido, vio a su hermana llorando, el vestido sobre la mesa y mi laptop llena de documentos. Su rostro pasó de la confusión a una rabia seca.
—Que alguien empiece a hablar.
Se lo contamos todo. Sin adornos. Sin proteger a Natalia más de lo imprescindible. Alejandro escuchó inmóvil, con la mandíbula tensa, hasta que mencioné a Julián Orive y le mostré la fotografía del hotel. Entonces se sentó, como si le hubieran vaciado las piernas.
—Hace dos días —dijo al cabo de un rato— Julián me pidió un favor. Me dijo que una antigua clienta había dejado reservada una pieza en una boutique de Monterrey y que, como yo viajaba por trabajo, podía recogerla. Lo pagó la empresa como atención comercial. Me dio incluso el nombre exacto del paquete y me pidió que no lo abriera. Anoche, cuando te lo di, pensé que había decidido que me lo quedara porque la clienta ya no lo quería o algo así. Sé que suena estúpido.
No sonaba estúpido. Sonaba a manipulación profesional.
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