Mi hijo me llamó: “Mamá, me caso mañana. He retirado todo tu dinero y he vendido tu apartamento”.

Me tomé el café de un solo trago.

Y decidí no salvarlo.

Al día siguiente, el amor de madre terminó donde empezaba la ley.

Al día siguiente, jueves, me vestí como si fuera a una guerra elegante. Me puse un vestido azul marino de seda, perlas, tacones sobrios y un labial rojo que Ernesto siempre decía que me daba cara de mujer invencible. Luego llamé a mi abogado, el licenciado Raúl Cárdenas.

—Raúl, te veo en el Club Mirador del Pacífico a las ocho. Lleva a la policía. Voy a denunciar un fraude, falsificación y abuso de confianza.

Hubo un silencio.

—Teresa… es tu hijo.

—Y él fue el primero en romper el pacto entre madre e hijo.

Llegué al club a las ocho en punto.

La fiesta era obscenamente lujosa. Flores blancas por todas partes. Un cuarteto de cuerdas. Meseros con champaña francesa. Un pastel de cinco pisos. Todo pagado, o mejor dicho, prometido con un dinero que Diego creyó haber sacado de mí.

Cuando me vio entrar, se puso pálido.

Vanessa estaba preciosa, con un vestido que costaba más que el salario anual de muchos de nuestros antiguos empleados. Diego se acercó a mí con furia contenida.

—¿Qué haces aquí? Te dije que no quería verte.

—Vine a darte tu regalo de bodas —le respondí.

—¿Regalo? Si ya no tienes nada.

Lo miré con una tristeza que me quemó por dentro.

—Ay, Diego. Me quitaste el dinero de la despensa, no la fortuna. Y lo del departamento… dime, ¿ya entregaste las llaves al comprador?

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