Le arrancó el anillo y se lo aventó al pecho.
La boda terminó allí mismo.
Los invitados se fueron cuchicheando. Los proveedores reclamaban. El pastel quedó intacto, como un monumento a la ambición. Yo me quedé sola un instante, en medio de aquel lujo inútil, con el corazón destrozado pero extrañamente en paz.
En los meses siguientes, todo se vino abajo para Diego. El comprador lo demandó. El banco investigó los movimientos. Los proveedores de la boda iniciaron acciones legales por impago. Como él no tenía bienes reales, las deudas crecieron como bola de nieve. Yo le conseguí abogado, sí, pero uno honesto, no uno milagroso.
Lo sentenciaron a varios años.
Las primeras visitas al penal fueron horribles. En la primera, se negó a verme. En la segunda, me dijo que yo había arruinado su vida. En la tercera, guardó silencio. En la cuarta, apareció más delgado, menos altivo, con la mirada cansada.
—Vanessa nunca vino, ¿verdad? —preguntó.
—No, hijo. Ya está con otro empresario.
Se rió con amargura.
—Fui un idiota.
—Sí —le respondí, sin crueldad—. Pero todavía puedes dejar de serlo.
Bajó la cabeza.
—¿Algún día me vas a perdonar?
Suspiré.
—Ya te perdoné. Precisamente por eso no te salvé. Quiero que salgas de aquí siendo un hombre, no un niño mimado con traje caro.
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