Mi marido empezó a oler muy mal.

Cuando el médico descubrió el motivo, no sabía si reír o llorar.
Jamás imaginé que me encontraría en la sala de espera de un médico, preguntándome si mi siguiente reacción sería reír o llorar. Y, sin embargo, allí estaba yo, frente a una pared beige, reviviendo una y otra vez las últimas semanas difíciles.

Todo empezó de forma discreta, casi imperceptible. Mi marido empezó a desprender un olor peculiar. No era el olor a sudor después de un largo día, ni el de alguien que no se ha duchado. Era más fuerte. Persistente. Casi imposible de disimular.

Lo intenté todo. Cambiaba las sábanas más a menudo. Compré jabón nuevo. Cambié de detergente. Lavé su ropa dos veces. Incluso le eché la culpa al estrés y pensé que se le pasaría. No quería avergonzarlo y, sinceramente, ni siquiera sabía cómo sacar el tema.

Pero pasaron las semanas y nada mejoró.

Una noche, finalmente dije lo que había estado evitando durante tanto tiempo.
"Esto no es normal", le dije con cautela. "Necesitamos ver a un médico".

Parecía incómodo, pero accedió. Concerté una cita con un urólogo y lo acompañé para que me apoyara. Un leve olor a desinfectante impregnaba la clínica, y el zumbido sordo de las luces fluorescentes le daba a la situación una gravedad que no había previsto.

Para ver as instruções de preparo completas, vá para a próxima página ou clique no botão Abrir (>) e não se esqueça de COMPARTILHAR com seus amigos no Facebook.