Mientras mi hermana daba a luz en el hospital, cuidé de su hija de siete años. A la hora del baño, mi sobrina dudó en desvestirse.

"No pasa nada, podemos bañarnos juntas", le dije.

Temblando, preguntó: "Tía... ¿No me vas a pegar?".

"¿Por qué piensas eso?".

Cuando la vi de vuelta, se me cortó la respiración.

Mi hermana Lauren estaba en el hospital, en la sala de maternidad, viviendo lo que probablemente fue el momento más conmovedor e intenso de su vida: el nacimiento de su segundo hijo. Había traído a casa a su hija mayor, Mia, una niña de siete años con ojos grandes y curiosos y una sonrisa que parecía no parar.

Mia siempre había sido muy animada, llena de preguntas, historias del colegio, sobre sus amigos, sobre los dibujos que quería enseñarme. Pero esa noche, algo era diferente. No estaba corriendo por la casa. Apenas hablaba. En silencio, me seguía como una sombra, con los hombros ligeramente encorvados, como si quisiera ocupar el mínimo espacio posible.

Al principio, pensé que estaba cansada. O nerviosa porque su madre estaba en el hospital. Un nuevo hermanito siempre es un gran cambio, sobre todo para una niña pequeña.

Después de cenar, preparé el baño. Puse mi pijama en la cama, abrí el jacuzzi y añadí un poco de espuma de baño de vainilla. Intenté crear un ambiente relajado.

Mientras mi hermana estaba en el hospital dando a luz, cuidé de su hija de siete años. A la hora del baño, mi sobrina dudó en desvestirse.

"Vamos, pequeña", le dije con una sonrisa. "Es la hora del baño".

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