MILLONARIO VE A SU EXESPOSA EMBARAZADA TRABAJANDO COMO MESERA — LO QUE PASÓ DESPUÉS CAMBIÓ TODO…

Tranquilo, mi amor, tranquilo”, susurró Valeria con la voz rota, cerrando los ojos con fuerza, rezando para que Javier no la hubiera seguido, rezando para que la dejara ir. Pero el destino y Javier Garza nunca aceptaban un no por respuesta. La pesada puerta metálica se abrió de una patada con un estruendo brutal. Javier salió al callejón. El contraste de la oscuridad lo hizo detenerse un segundo hasta que sus ojos se ajustaron. Y allí la vio acobardada junto a los botes de basura, sucia, temblando, envuelta en ese maldito uniforme naranja que le revolvía el estómago de indignación y dolor.

Caminó hacia ella con pasos lentos, pesados, depredadores. Cada paso resonaba en el asfalto mojado. Valeria levantó la barbilla, forzándose a construir el muro de hielo que la había salvado 9 meses atrás. Tenía que mentir, tenía que ser cruel. Si mostraba debilidad, él escarvaría hasta encontrar la verdad de por qué lo abandonó. “Vete, Javier”, le gritó Valeria antes de que él estuviera a 2 metros. “No te quiero ver, déjame en paz.” Javier se detuvo a escasos centímetros de ella.

Era tan alto que la obligaba a mirar hacia arriba. Su rostro estaba tenso, las venas de su cuello marcadas por la rabia contenida. No había un ápice del hombre enamorado y suave que solía prepararle el desayuno los domingos. Frente a ella estaba el tiburón de las calles de Monterrey. No me voy a ir a ningún lado, Valeria, no hasta que me digas qué diablos significa esto. Javier señaló con un movimiento brusco de cabeza el vientre de la mujer.

Explícamelo, porque mi contador podría sumar mejor esta porquería. Te largas diciendo que me odias, que tienes a un magnate esperándote. Te vas sin pedir pensión, sin llevarte un solo centavo, supuestamente a vivir a Europa. Y 9 meses después te encuentro trapeando vómito en un restaurante en mi ciudad, pesando 10 kilos menos y embarazada de 8 meses. Valeria apretó los puños. Las uñas se le clavaron en las palmas. No es asunto tuyo. Mi vida ya no es tuya.

Claro que lo es, rugió Javier, golpeando con el puño cerrado la pared de ladrillo justo al lado de la cabeza de Valeria. El impacto hizo que cayeran pequeños pedazos de mortero. Valeria saltó en su sitio asustada, pero no apartó la mirada. “Mírame a los ojos, sea. Dime la verdad. ¿Ese hijo es mío?” La pregunta detonó en el callejón. El silencio que siguió solo fue interrumpido por la respiración agitada de ambos y el zumbido eléctrico de la lámpara rota.

Javier bajó la mirada hacia el vientre. Su respiración se volvió errática. Una mezcla de esperanza aterrorizada y furia desoladora cruzó su rostro. Si ese bebé era suyo, si su propio hijo había estado limpiando mesas, pasando hambre, arrastrándose por el suelo mientras él cerraba tratos millonarios brindando con champán, la culpa lo destruiría. Valeria vio la vulnerabilidad en sus ojos. Vio como la armadura de empresario se agrietaba por un segundo. Le rompió el alma. quería abrazarlo. Quería llorar en su pecho manchando su traje carísimo y decirle que lo amaba, que nunca dejó de amarlo, que vendió todas sus cosas de valor para pagarle a los extorsionadores que amenazaron con fabricar evidencia para meterlo en una prisión federal.

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