MILLONARIO VE A SU EXESPOSA EMBARAZADA TRABAJANDO COMO MESERA — LO QUE PASÓ DESPUÉS CAMBIÓ TODO…

Mes verte, 8 meses de embarazo. ¿Quién es el padre? La pregunta flotó en el aire como una sentencia de muerte. Armando desde el suelo intentó intervenir aterrado de perder su empleo o el prestigio del lugar. Ese es, sñr Garza. Si la empleada lo está incomodando, seguridad puede sacarla por la puerta de servicio de inmediato. Javier ni siquiera lo miró. Giró el rostro apenas 1 milímetro, sus ojos oscuros, destilando una furia homicida. Si vuelves a abrir la boca para llamarla empleada o intentar tocarla, te juro por Dios que compro este restaurante hoy mismo solo para tener el placer de destruirlo contigo adentro.

Cállate y no te muevas. Armando palideció y se encogió cerrando la boca herméticamente. Valeria aprovechó ese segundo de distracción. El instinto de supervivencia, o más bien el instinto de proteger el secreto que le había costado todo, se apoderó de ella. No podía dejar que él hiciera preguntas. No podía dejar que él investigara. Si Javier descubría la verdad, los hombres que la habían amenazado irían tras él, lo meterían a la cárcel, o peor, con un movimiento rápido, impulsado por pura adrenalina, Valeria empujó torpemente una silla hacia el pasillo, bloqueando el camino de Javier, y corrió, o al menos lo intentó.

Correr con el peso de 8 meses de embarazo en un cuerpo desnutrido era más un tropiezo desesperado. Giró sobre sus talones de goma desgastados y se lanzó hacia las puertas batientes de la cocina. “Valeria”, bramó Javier, la sorpresa congelándolo por un microsegundo antes de que sus largos captores reaccionaran. Ella empujó las puertas metálicas de la cocina con ambas manos, el calor de los hornos, el olor a grasa, carne sellada y el griterío de los chefs la envolvieron.

Entró como un huracán naranja tropezando entre los cocineros, derribando una bandeja de vegetales limpios. “¡Cuidado, Valeria!”, gritó un ayudante de cocina, esquivándola a duras penas. “A un lado fue el rugido que lo siguió. Las puertas batientes volvieron a abrirse con violencia, golpeando la pared. Javier Garza entró a la cocina ignorando las normas de salubridad, ignorando el caos que dejaba a su paso. Su traje de diseñador no encajaba en ese infierno de acero inoxidable y grasa, pero él avanzaba como un tanque de guerra.

Valeria miró hacia atrás por encima de su hombro. El terror inyectado en sus ojos. llegó a la puerta trasera de emergencia, la empujó con todo el peso de su cuerpo y salió hacia la noche de Monterrey. El golpe de la puerta de metal al cerrarse retumbó en las paredes de ladrillo. El callejón trasero de Letual era el reverso exacto de la moneda. Si adentro todo era lujo, música suave y perfumes franceses, afuera apestaba a basura podrida, a humedad retenida en el asfalto y al esmogas fixiante de la ciudad.

Una bombilla parpade arrojaba una luz amarilla y enferma sobre los contenedores de basura industrial. Valeria se apoyó contra la pared de ladrillos fríos, respirando por la boca en jadeos roncos. El corazón le latía tan fuerte contra las costillas que temía que se le rompieran. Se agarró el vientre con ambas manos, sintiendo una punzada aguda en la base de la pelvis. El bebé se movió pateando con fuerza, agitado por el nivel de estrés y adrenalina que inundaba el torrente sanguíneo de su madre.

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