Una planta de romero sana comienza con una maceta bien elegida. Olvídese de las macetas demasiado pequeñas o puramente decorativas: la planta necesita espacio para desarrollar sus raíces. Elija una maceta ligeramente más ancha que el cepellón, con varios orificios de drenaje en la base. Esto es fundamental para evitar el exceso de humedad, que es un verdadero enemigo del romero. Un material transpirable como la terracota es ideal, ya que permite que la tierra se seque naturalmente entre riegos.
Trasplante con regularidad para asegurar un crecimiento equilibrado.
Con el tiempo, las raíces llenarán todo el espacio disponible, lo que inhibirá el crecimiento. Para evitarlo, se recomienda trasplantar cada dos o tres años. La mejor época es en primavera, cuando la planta despierta de su letargo. Este proceso refrescará la tierra, aireará las raíces y revitalizará el romero, dándole una nueva vida después del invierno.
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