Habían pasado muchos años desde que se conocieron en un hermoso baile en Polonia, y durante todo ese tiempo, Santiago había observado meticulosamente cada movimiento de su esposa. Cuanto más profunda era su relación, más se convencía de que la fortaleza de Valeria era la puerta de entrada a la vida de poder que siempre había anhelado. Y así, entre besos en la oscuridad y promesas susurradas, comenzó a urdir un plan: eliminar a Valeria y asumir el papel de heredero sin obstáculos.
—Valeria, te he preparado algo especial —dijo Santiago, con una voz que casi ahogaba el rugido de las cuchillas. Sus palabras eran dulces, pero su mirada era más fría que el cristal de la cabina.
Valeria sospechaba que no había pasado nada. Sonrió y se recostó en su asiento, contemplando la vasta extensión azul del mar y los arrecifes bañados por el sol. Ya estaba en su segundo trimestre de embarazo, con el cuerpo pesado y agotado por el trabajo. Este vuelo se sentía como un momento de respiro, una breve escapada de las reuniones, los personajes y la gente que siempre quería «solo una firma».
Siп embargo, eп el foпdo de su corazóп lingered upa iпquietυd extraño—thin and sharp like a thread tenut qυe puede romperse eп apυalqυier momenteпto.
Mientras el helicóptero de Santiago se alejaba de las zonas concurridas y se dirigía hacia un sector más aislado junto al mar, respiró hondo, como si acabara de tomar una decisión largamente meditada. Luego dijo con aparente calma:
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