Una hora antes de mi boda, mientras temblaba de dolor con nuestro hijo aún dentro de mí, oí a mi prometido susurrar las palabras que lo destrozaron todo: “Nunca la amé… este bebé no cambia nada”. Mi mundo se quedó en silencio.

Parte 1

Una hora antes de mi boda, estaba descalza en la suite nupcial de la Capilla de San Andrés, con una mano apoyada en la parte baja de la espalda y la otra sobre mi vientre hinchado, intentando respirar a pesar del dolor agudo que iba y venía. Con siete meses de embarazo, cada movimiento se sentía más pesado, más lento, más frágil. Mi dama de honor, Emily, había bajado a revisar las flores, y mi madre estaba en el salón de la recepción asegurándose de que las tarjetas de sitio estuvieran bien colocadas. Por primera vez en toda la mañana, estaba sola.

Me pareció oír la voz de Ethan en el pasillo.

Al principio, sonreí. Se suponía que no debía verlo antes de la ceremonia, pero él siempre se reía de esas tradiciones. Supuse que estaba nervioso, tal vez quería hablar conmigo un momento, tal vez quería decirme que estaba guapísima antes de que empezara todo. Caminé hacia la puerta, dispuesta a burlarme de él por romper la tradición.

Entonces oí otra voz. La voz de un hombre. Probablemente la de Connor, su padrino de boda.

Ethan soltó una risita y dijo: “Después de hoy, ya no importará”.

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