“Una niña con un gran corazón cambió la vida de una limpiadora.”

—Me voy, mi amor —le dije con la voz quebrada—. Tus papás creyeron que te había sacado el chancho.

Se quedó un segundo quieta. Después se dio vuelta hacia la galería donde seguían los adultos y gritó con toda la fuerza de sus seis años:

—¡Papá! ¡Yo se la di! ¡Yo te dije que se la di a ella!

El papá se agachó despacio.

—¿Por qué harías eso, Vale?

—Porque tiene las zapatillas rotas y la panza grande y eso es injusto —respondió ella, con una lógica que aplastaba cualquier argumento de adulto—. Yo tengo zapatillas. A mí me sobran.

Silencio total en el patio.

La mamá se tapó la boca. El papá parpadeó varias veces seguidas. La directora me miró y tragó saliva.

—Romina —dijo al fin—. ¿Puede volver a buscar su delantal?

Al día siguiente volví con zapatillas nuevas. Me las compraron entre todos. Y dentro de la bolsa encontré la alcancía igual, con un papelito escrito con letra de nena aprendiendo:

*”Para cuando nasca el bebé.”*

Hay personas chiquitas que tienen el corazón más grande que mucha gente grande que conozco.

¿Alguna vez alguien inesperado te sorprendió con un gesto de bondad que no te esperabas para nada? Contame

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