“Una niña con un gran corazón cambió la vida de una limpiadora.”

Las seguía usando igual, con cinta adhesiva, porque no me alcanzaba la plata para reponerlas y necesitaba el trabajo. Cada turno era caminar horas con los pies apoyados en nada, con la panza ya pesada, tratando de que no se me notara el dolor en la cara.

Valentina me vio. Una nena de primer grado, con las colitas siempre chuecas y la mochila más grande que ella, me vio todos los días.

Un jueves al mediodía, cuando el pasillo estaba vacío y yo terminaba de trapear, salió del salón sola y caminó directo hacia mí con algo apretado entre las manos.

—Señora Romina —me dijo, muy seria—. Le traje una cosa.

Era una alcancía de plástico con forma de chancho. La puso en mis manos antes de que yo pudiera reaccionar.

—Valentina, ¿qué es esto, nena?

—Mis ahorros —respondió, como si fuera lo más obvio del mundo—. La vi todos los días con las zapatillas rotas y la panza grande y me pareció injusto. Entonces junté mis monedas. No sé si alcanza para zapatillas pero capaz sí.

Quise devolvérsela. Le dije que no podía aceptar eso, que era su plata, que sus papás no iban a querer.

—No se preocupe —dijo, dando media vuelta—. A mí me sobran. Yo tengo zapatillas.

Y se fue a clase tan tranquila.

Yo me quedé parada en el pasillo con el chancho en la mano y los ojos llenos de agua. Guardé la alcancía en el bolso pensando que al día siguiente le buscaba la vuelta de devolvérsela bien, de agradecerle sin hacerla sentir mal.

No hubo día siguiente.

Esa tarde Valentina llegó a casa y le contó a sus papás que le había dado su alcancía a la señora de limpieza. Ellos escucharon “la señora de limpieza tiene la alcancía de mi hija” y al otro día aparecieron en la escuela con la directora y esa certeza de los que ya decidieron la verdad antes de escucharla.

Revisaron mi bolso. Estaba el chancho.

—Una nena de seis años no regala sus ahorros así —dijo el papá, con esa voz fría.

—Esta sí —respondí.

Nadie me creyó.

Así que ahí estaba yo, cruzando el patio con mi delantal y mi botellita de agua dentro de una bolsa de nylon, sintiéndome la peor persona del mundo por algo que no había hecho, o mejor dicho, por algo que sí había pasado pero nadie quería entender.

Entonces escuché la vocecita.

—¡Señora Romina! ¿A dónde va con sus cosas?

Valentina. Se había escapado de clase. Corría hacia mí con la carita desencajada.

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