PARTE 1:
—Déjenla esperando, se le pasa; no vamos a arruinar la cena de ensayo por sus dramas —dijo mi mamá mientras yo me doblaba del dolor en urgencias.
Pero para entender cómo llegué ahí, tengo que contarles que yo no avisé que regresaba a México.
No porque quisiera dar una sorpresa bonita. Regresé porque mi cuerpo ya no aguantaba más. Me llamo Valeria Ríos, y oficialmente trabajaba como analista de seguridad. Extraoficialmente, pertenecía a una unidad federal de inteligencia que no aparece en organigramas, no da explicaciones y tampoco reconoce a sus agentes cuando algo sale mal.
Me habían dado licencia médica después de una operación en la frontera. Un fragmento metálico me había abierto el abdomen, y aunque los doctores me ordenaron reposo absoluto, yo cometí el error de pensar que mi familia querría verme viva.
Llegué a la casa de mis papás en Lomas de Angelópolis, Puebla, justo antes del mediodía. Había camionetas de banquete, arreglos de flores blancas, meseros corriendo de un lado a otro y mi hermana Mariana parada en medio de la sala, probándose el vestido para su boda con Diego Aranda, hijo de una familia “de apellido”.
Nadie me abrazó.
Mi mamá, Patricia, apenas me miró.
—¿Llegas así nada más? Valeria, tenemos la casa llena. No hay cuarto para ti.
Mi papá, Roberto, ni siquiera soltó el teléfono. Estaba peleando con alguien porque la fuente de chocolate no había llegado.
Mariana me vio como si yo fuera una mancha en su vestido.
—Qué conveniente que aparezcas justo en mi semana de boda —dijo—. Siempre necesitas atención.
Yo respiré hondo. Me dolía cada paso, pero no dije nada.
Entonces ella señaló unas cajas junto a la escalera.
—Ya que estás aquí, sube eso al cuarto de invitados. Son recuerdos, zapatos y regalos. Y por favor no rompas nada.
Debí negarme. Pero en mi familia decir “no” siempre significaba iniciar una guerra. Así que cargué la primera caja. Luego la segunda. En la tercera, sentí algo caliente bajo la venda. En la cuarta, el dolor me partió en dos.
Me sostuve del barandal.
—Mariana… necesito ir al hospital.
Ella soltó una carcajada seca.
—Ay, no empieces.
Di un paso más y el mundo se inclinó. Caí sobre la madera, con la mano presionando mi abdomen, sintiendo cómo la sangre empapaba mi ropa bajo la chamarra táctica que todavía llevaba puesta.
—No puedo respirar —susurré.
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