Café sin azúcar.
Pan ligeramente tostado.
Zumo de frutas, justo como a él le gustaba.
La rutina persiste incluso cuando el amor se desvanece.
Habló con seguridad.
“Deberíamos formalizar el reparto a partes iguales.”
—Perfecto —respondí con calma.
Ni lágrimas.
Ni gritos.
Esto le molestó más que la ira.
Ese día hice tres llamadas telefónicas:
Un abogado.
Nuestro contable.
El banco.
Esto no tiene que ver con el divorcio.
Acerca de la reseña.
Porque la división exige transparencia.
Y la transparencia lo revela todo.
Esa noche esperé en la mesa del comedor.
No con la cena.
Con la carpeta azul.
Se sentó frente a mí.
“¿Qué es?”
“Nuestra división.”
Deslicé el primer documento hacia él.
“Cláusula diez. El contrato de la empresa que usted firmó hace ocho años.”
Frunció el ceño.
“Es un asunto administrativo.”
“No. Es una cláusula de participación diferida. Si el matrimonio se disuelve o las circunstancias financieras cambian, el garante adquiere automáticamente el 50% de las acciones.”
Levantó la vista bruscamente.
“Eso no es lo que me dijeron.”
“No lo leíste. Dijiste que confiabas en mí.”
Silencio.
—Eso no es cierto —objetó débilmente—. Usted no trabajaba allí.
“Yo garanticé el préstamo. Firmé como avalista. Financé los primeros pagos de imp
Su confianza flaqueó.
“Estás exagerando.”
—No —dije con calma—. Nos separamos.
Puse una copia impresa de su hoja de cálculo sobre la mesa.
El nombre de la otra mujer destacaba claramente.
“Estabas planeando mi salida.”
No lo negó.
Porque no podía.
—Te equivocaste en tus cálculos —dije.
“¿Como?”
