Isabel llamó.
Puso el teléfono en altavoz.
—Buenos días —dijo ella con claridad—. Soy Isabel Fuentes.
Silencio.
Un segundo.
Dos.
Y entonces, una voz nerviosa habló al otro lado de la línea:
—Señora Fuentes, buenos días. ¿Se encuentra bien? No esperábamos que llamara directamente.
El ambiente se congeló.
Julián dejó de sonreír.
—Solicito que todo el comité ejecutivo se presente en el piso 27. Inmediatamente.
—Inmediatamente, señora.
La llamada terminó.
Nadie se movió.
Nadie respiró.
Julián frunció el ceño, intentando recuperar la compostura.
—¿Qué… qué están haciendo?
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