Isabel lo miró.
Directamente.
—Trabajando.
El silencio antes de la caída.
Pasaron tres minutos.
Y luego cinco.
Y entonces…
Las puertas del ascensor se abrieron.
Uno.
Dos.
Cinco ejecutivos.
Trajes impecables.
Rostros tensos.
Al verla…
Todo cambió.
—Señora Fuentes… —dijo uno de ellos, casi en un susurro.
Y así fue.
Nadie en esa oficina había visto jamás algo así.
Se pusieron firmes.
—Buenos días.
Los cuarenta empleados se quedaron paralizados por la impresión.
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