El ranchero vio a una joven apache corriendo por sus tierras… y entonces aparecieron jinetes detrás de ella.

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PARTE 1
Cinco jinetes armados venían persiguiendo a una joven por campo abierto, y el hombre más peligroso de todos llegó sonriendo.

Holt Briggs estaba reparando la cerca del lado este cuando la vio correr entre la hierba seca, como si el aire mismo le estuviera cerrando el paso. Al principio creyó que era un venado herido. Luego la figura se enderezó, y entendió que era una muchacha.

Venía sin mirar atrás.

No corría hacia un lugar seguro. Corría para seguir viva.

Detrás de ella, sobre la loma del norte, aparecieron cinco hombres a caballo. No iban al galope. No tenían prisa. Y esa calma fue lo que le heló el estómago a Holt. Un hombre asustado puede fallar. Un hombre paciente, cuando persigue, ya está convencido de que va a atrapar a su presa.

Holt no se dio tiempo para pensarlo.

Dejó las pinzas de alambrado, cruzó la abertura de la cerca y caminó hacia ella con una mano levantada, mostrándole la palma vacía. La joven lo vio cuando estaba ya bastante cerca. Por un segundo pareció que iba a desviarse. Pero lo miró a él, miró a los jinetes detrás… y siguió adelante.

Cuando llegó, apenas podía mantenerse en pie.

Era más joven de lo que él había imaginado. Llevaba un vestido de piel de venado con cuentas sueltas en el cuello. Los mocasines estaban destrozados. Tenía el rostro cubierto de polvo y el cuerpo entero con ese temblor de quien lleva horas huyendo sin detenerse.

Holt solo dijo:

—Ven conmigo.

La condujo al granero, la escondió en el rincón más oscuro, detrás del heno, y le pidió que no se moviera. Ella lo observó un instante con una mezcla de miedo y cálculo, como si todavía no supiera si él era salvación o una nueva amenaza. Después se agachó en silencio entre las sombras.

Holt apenas tuvo tiempo de sacar una yegua y fingir que revisaba una pezuña cuando los jinetes cruzaron su portón.

A cuatro no los conocía.

Al quinto sí.

Witmore Cole.

El hombre más poderoso de la región. Dueño del mayor imperio ganadero del territorio. Un hombre cuyo nombre siempre llegaba a las conversaciones como llegan los malos olores: nadie quería acercarse demasiado, y casi nadie decía en voz alta lo que pensaba de él.

Cole detuvo el caballo dentro del patio y miró todo alrededor como si ya le perteneciera.

—Briggs.

No fue un saludo. Fue una marca.

Holt siguió trabajando en la pezuña de la yegua.

—Cole. ¿Perdiste algo?

—Tal vez pasó por aquí —dijo el otro.

Holt se enderezó despacio.

—¿Qué clase de algo?

Cole inclinó apenas la cabeza.

—Una muchacha apache. Joven. Corriendo.

Holt sostuvo su mirada.

—¿Y qué robó?

Hubo una pausa pequeña. Pero suficiente.

—Propiedad —respondió Cole al final.

—¿Qué propiedad?

La expresión de Cole cambió apenas.

—Eso no te incumbe.

Entonces Holt entendió que había algo sucio detrás de aquella persecución. Algo más grave que una simple cacería humana.

Respiró una vez.

—No he visto a ninguna apache en mi tierra hoy.

Cole recorrió el patio con la vista. Luego miró hacia el granero.

—¿Te molesta si mis hombres echan un vistazo?

Ese era el momento. El instante exacto en que una vida entera podía cambiar de dirección.

Holt metió las manos en los bolsillos traseros y respondió sin levantar la voz:

—Sí. Me molesta.

El silencio se tensó como un alambre.

Los hombres de Cole ajustaron sus caballos. Uno se movió apenas hacia la izquierda. Otro acomodó el rifle sobre la montura. Nadie hablaba, pero la violencia ya estaba allí, respirando.

Cole lo observó largo rato.

Y entonces dijo algo peor que una amenaza.

—La estás protegiendo.

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