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Algún animal saltaba de ellos.
Lucía venía a verme por las tardes con mangas largas porque hacía calor. "Tengo frío, mamá", decía. Y yo me hacía la tonta. En otra ocasión, forzó una sonrisa y ese brillo extraño en los ojos que reconoces cuando llora en el baño y luego se lava la cara para que nadie se dé cuenta. "Álvaro está estresado", repetía, como si esa frase pudiera justificar algo.
Le dije: "Ven conmigo, hija. Aquí estás a salvo".
Y ella respondió: "No, mamá, eso cambiará... Ahora que ha nacido el bebé, eso cambiará".
¿Quién no quiere confiar en su hija cuando te mira así, con esa esperanza desesperada?
Álvaro se sentó en la primera fila como si fuera suyo. Cruzó las piernas. Rodeó con el brazo la cintura de la mujer vestida de rojo. Y para colmo, soltó una risita cuando el cura pronunció las palabras "amor eterno".
Sentí náuseas. En ese momento, vi a Javier Morales, el abogado de Lucía, poniéndose de pie a un lado. No lo conocía muy bien. Era un hombre serio, vestido con un traje gris y de manos fuertes. Dio un paso al frente con un sobre cerrado en la mano. Caminaba como si cargara un peso del que no pudiera soltarse.
Al llegar al altar, se aclaró la garganta y dijo con una voz que resonó en el aire:
«Antes del funeral, debo cumplir con las instrucciones expresas de la difunta. Su testamento será leído... ahora».
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