Me puse de pie.
—Se acabó la fiesta.
Salí del restaurante sola. Pasé junto al pastel, los globos y a la joven que ya no parecía tan segura de sí misma. Afuera, el aire fresco de la noche me permitió recuperar el aliento.
No lloré.
A la mañana siguiente, fui al abogado. Abrí nuevas cuentas. Cambié mis contraseñas. Actualicé mi testamento.
—¿Estás intentando ser amable? —me preguntó el abogado.
—He sido amable durante setenta años —respondí—. Ahora quiero ser precisa.
Alberto llamaba constantemente. Luego suplicaba. Luego negociaba.
Lucía y Renata enviaban mensajes, grabaciones de audio, disculpas mezcladas con miedo.
Una semana después, accedí a verlas.
—Papá dijo que no eres nuestra verdadera madre —confesó Renata entre lágrimas.
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