Elena se puso de pie, se acercó y susurró entre lágrimas:
«Eres mi hija, Rosa... Te perdí de vista la noche del incendio. Creí que habías muerto».
Rosa se quedó paralizada. Sus ojos se llenaron de lágrimas, pero su cuerpo se negaba a responder.
«No... es imposible... Yo... he sido una mujer sencilla toda mi vida...», balbuceó.
Elena se llevó las manos temblorosas al pecho.
«No importa. Nunca estuviste realmente perdida. Dios te escondió, solo para que volvieras a mí ahora».
Rosa rompió a llorar. Dos vidas, dos destinos, se habían encontrado tras veinticinco años de sufrimiento.
Se abrazaron, y el silencio que las envolvía era más fuerte que cualquier palabra.
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