—Esta joya pertenece a mi hija —exclamó la millonaria al verla en el regazo de la sirvienta.

—Recuerdo… —comenzó Rosa lentamente, con la voz temblorosa—. Era de noche. Todo ardía. Alguien me tomó en brazos y entonces sentí frío. Llovía. Luego… solo oscuridad. Cuando desperté, estaba acostada en una pequeña cama en un orfanato de Bucarest.

Elena cerró los ojos. El corazón le latía con fuerza. Las palabras de la mujer la desgarraban, porque cada detalle coincidía con la noche que la había atormentado en sus pesadillas durante décadas.

—¿Te contaron algo sobre tu familia? —preguntó, intentando mantener la calma.

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