Ionuț, ¿dónde debo sentarme? pregunté en voz baja.

Lo miré directamente a los ojos. Por fin, sin miedo. «Sí, Ionuț. Estoy mejor que nunca».

Asintió, avergonzado, y se marchó sin decir palabra. Me quedé allí, sonriendo, sabiendo que ya no pertenecía al pasado.

Esa tarde, salí al balcón de mi pequeño apartamento y contemplé las luces de la ciudad. El aire olía a libertad, a nuevos comienzos.

Mi vida ya no giraba en torno a quién debía ser para los demás, sino a quién era yo en realidad. Y por primera vez en doce años, sentí que mi lugar en la mesa —en la vida, en el mundo— era por fin mío.

Para ver as instruções de preparo completas, vá para a próxima página ou clique no botão Abrir (>) e não se esqueça de COMPARTILHAR com seus amigos no Facebook.