La suegra había enviado un paquete de comida desde el pueblo… y la nuera lo tiró directamente a la basura sin pensarlo dos veces. Pero lo que encontró al fondo la dejó completamente atónita.

El paquete llegó alrededor del mediodía, justo cuando la luz del atardecer comenzaba a iluminar Nezahualcóyotl.

No era grande ni pesado, pero tenía algo diferente. El paquete estaba bien embalado, sellado herméticamente con varias capas de cinta adhesiva, como si el remitente quisiera asegurarse de que nada en su interior se dañara.

Lo reconocí al instante.

"Es de mi madre", dije sin pensarlo.

Laura levantó la vista de la cocina, donde había estado revisando su teléfono. No dijo nada, solo frunció ligeramente el ceño, como si ya supiera lo que eso significaba.

Coloqué la caja sobre la mesa. Tenía las marcas del viaje: polvo en las esquinas, bordes desgastados, y un olor inconfundible. Para mi gusto, no era desagradable. Olía a campo… a tierra húmeda, a cosas que no se refrigeran ni se empaquetan en la fábrica.

Dudé un momento.

Antes de que pudiera abrirlo, Laura se acercó.

"Veamos", murmuró, rasgando la cinta adhesiva con demasiada brusquedad.

La tapa se abrió de golpe.

Y el olor me invadió de repente.

Potente. Directo. Como un torbellino de recuerdos.

Laura retrocedió un paso, arrugando la nariz.

«Oh, no… otra vez no», dijo sin siquiera intentar bajar la voz.

Me quedé inmóvil, mirando la caja.

Y ahí estaba.

Manojos de verduras recién cosechadas, aún húmedas, con tierra pegada a las raíces. Huevos cuidadosamente envueltos en papel de periódico viejo. Un frasco de salsa casera, como la que mi madre siempre preparaba a mano. Y en una bolsa aparte, pescado seco, bien sellado, pero imposible de contener por completo.

Cosas sencillas.

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