A la sombra de las montañas Blue Ridge de Virginia, un secreto familiar conmocionó incluso a los investigadores más experimentados. En 1912, el sheriff Thomas Compton descubrió una escalofriante verdad, oculta durante más de una década en el condado de Wise. Eliza Goens, una matriarca viuda, gobernaba a sus hijos, Caleb, Josiah y Benjamin, con fanatismo religioso, convenciéndolos de que su linaje había sido elegido por Dios.
Para preservar su pureza, les ordenó que se casaran con ella. La verdad salió a la luz cuando, bajo el ahumadero, se encontraron los restos de bebés, fruto de estas uniones incestuosas. ¿Cómo pudo algo así persistir en una comunidad tan unida? ¿Qué rompió el silencio?
En el otoño de 1898, el condado de Wise, Virginia, era un lugar donde las montañas se alzaban como las murallas de una fortaleza natural, donde los depósitos de carbón se extendían profundamente bajo las crestas calizas y donde surgían comunidades en pequeños reductos de civilización, separados por kilómetros de naturaleza salvaje e inhóspita. Las montañas Blue Ridge habían permanecido allí durante milenios, y sus depresiones y valles creaban un paisaje tan agreste que un hombre podía desaparecer en ellas y jamás ser encontrado.
Esta era la tierra del carbón, donde se hacían y se perdían fortunas en oscuros túneles subterráneos, donde los hombres trabajaban turnos de doce horas por salarios apenas suficientes para alimentar a sus familias, y donde la promesa de riqueza mineral atraía a buscadores de oro y especuladores de toda la costa este. La capital del condado requería un día entero de viaje a caballo desde las granjas más remotas, y en las vastas extensiones entre los asentamientos, la ley a menudo era la que un solo hombre podía hacer cumplir con sus propias manos.
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