Puedo jurar que mis piernas se movieron solas. Abrí y ahí estaba Valeria, hermosa y perfecta, con el vestido rojo que yo le ayudé a elegir en una boutique cara un mes antes, el cabello suelto, los labios brillosos y el perfume francés que le regalé en su cumpleaños. Mi regalo sobre su piel. Mi gusto en su cuerpo. Mi confianza convertida en arma.
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