“Le contesté a mi mejor amiga desde el celular de mi esposo y llegó a mi casa creyendo que yo no estaba: cuando abrió la puerta y me vio esperándola con su vestido rojo, el perfume que yo misma le regalé y dos años de mentiras colgándole en la cara, entendí que no solo me había engañado mi marido, sino todo un mundo que sonreía mientras yo vivía una vida falsa… y esa noche, en lugar de destruirme para siempre, me devolvió a la mujer que jamás debí abandonar.”

Puedo jurar que mis piernas se movieron solas. Abrí y ahí estaba Valeria, hermosa y perfecta, con el vestido rojo que yo le ayudé a elegir en una boutique cara un mes antes, el cabello suelto, los labios brillosos y el perfume francés que le regalé en su cumpleaños. Mi regalo sobre su piel. Mi gusto en su cuerpo. Mi confianza convertida en arma.

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