Abrí mi propio estudio de diseño casi por desesperación. El trabajo independiente empezó como un salvavidas y terminó volviéndose una identidad nueva. Ya no quería oficinas donde me sintiera reemplazable. Quería construir algo que dependiera de mí. Diseñé marcas, menús, identidades visuales, empaques, campañas pequeñas. Trabajaba hasta la madrugada con café recalentado y música bajita. Y aunque estaba cansada, había algo profundamente reparador en generar dinero, ideas y estructura desde mi propia cabeza, sin pedirle permiso a nadie.
Mi departamento se fue llenando de plantas, cuadros, libros y objetos elegidos sin consultar a nadie. Aprendí el placer pequeño y revolucionario de poner la cama donde yo quisiera, de cenar cereal si me daba la gana, de dejar una vela prendida sin que alguien la apagara por “innecesaria”, de ver telenovelas viejas un domingo entero, de no tener que anticipar el humor de otro para sentirme segura en mi propia casa.
Un año después de descubrir la traición, vi a Valeria en un café.
Yo estaba trabajando en mi laptop, con una libreta abierta y una lista de pendientes. Levanté la vista y ahí venía ella con otra mujer. Más delgada, el pelo más corto, la sonrisa menos brillante. Cuando me reconoció, se quedó congelada como si se hubiera topado con un fantasma.
Pudo haberse ido.
No lo hizo.
Se acercó a mi mesa con esa mezcla de culpa y necesidad que tienen las personas cuando quieren ser absueltas por la misma mano a la que mordieron.
—Hola, Caro.
—Hola, Valeria.
—¿Puedo sentarme?
—Es un país libre.
Se sentó. Jugueteó con un anillo. Miró mi café. Miró la calle. M
Para ver as instruções de preparo completas, vá para a próxima página ou clique no botão Abrir (>) e não se esqueça de COMPARTILHAR com seus amigos no Facebook.
