"¿Y tú?"
señaló el cuenco.
"A veces... recojo las sobras."
La miré fijamente de nuevo.
Los huesos.
Las migas.
Y de repente, recordé cada una de las llamadas telefónicas.
"Tu esposa está estupendamente. Está comiendo bien. Está descansando."
Un escalofrío me recorrió el cuerpo.
"¿Cuánto tiempo?" pregunté.
Ella dudó. "Desde que regresé del hospital."
Un mes.
Un mes entero.
Durante un mes, creí que la estaban cuidando bien.
Durante un mes, mi madre se quedó con mi dinero.
Durante un mes, mi esposa comió… sobras.
Apreté los puños.
"¿Por qué no me lo dijiste?"
Lily levantó la vista, con el miedo reflejado en sus ojos.
"Porque... es tu madre."
Estas palabras tienen más impacto que cualquier otra cosa.
No le tenía miedo al hambre.
Tenía miedo de hacerme daño.
Me levanté.
"¿Dónde está ella?"
—Probablemente esté en casa de la señora Carter —dijo Lily en voz baja.
Agarré mi chaqueta. "Quédate aquí."
"¿Qué vas a hacer?"
La miré. "Arréglalo."
La casa de la señora Carter estaba a dos puertas de la nuestra.
Podía oír risas que venían del patio. Un grupo de mujeres estaba sentado tomando café.
Mi madre estaba entre ellos.
Reír.
Como si nada hubiera pasado.
Cuando me vio, su sonrisa se congeló. "¿Hijo mío? ¿Por qué has vuelto a casa tan pronto?"
—Ven —dije—. Necesitamos hablar.
Mi tono dejó a todos sin palabras.
Regresamos en silencio.
En la cocina, Lily se levantó de inmediato, con la mirada baja.
Mi madre se fijó en el cuenco.
Por una fracción de segundo, su expresión cambió y luego sonrió.
"¿Ah, eso? Eso era para los gatos."
Mi ira aumentó.
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