Los vecinos del pueblo se rieron de Tanya cuando su prometido la dejó.

Un martes gris, cuando la lluvia golpeaba con fuerza el tejado, un coche llegó al pueblo. No era un viejo Zhiguli ni un tractor. Un SUV negro reluciente avanzaba lentamente por el camino embarrado, asustando a las gallinas y silenciando a los perros. El coche se detuvo justo delante de la puerta de Tanya.

La puerta se abrió y una mujer bajó al suelo. Vera Ivanovna, la madre de Sergei.

Los aldeanos decían que era una mujer de negocios influyente, una mujer fuerte y adinerada. Los vecinos que vigilaban la puerta guardaron silencio de inmediato. Los susurros cesaron. Todos observaron cómo Vera Ivanovna, vestida con un abrigo y unos zapatos caros que costaban más que toda la casa de Tanya, caminaba con seguridad por el barro, ajena a todo.

No llamó a la puerta. Simplemente abrió la verja y entró en el patio. Tanya, al oír los pasos, salió al porche. Se sentía fatal con su viejo suéter, con los ojos llorosos, sosteniendo a su hijo en brazos. Vera Ivanovna se detuvo al pie de la colina y alzó la vista. Su rostro era severo, sin rastro de compasión, pero tampoco de ira.

—¿Tatiana? —preguntó con voz baja y autoritaria.

—Sí —respondió Tanya en voz baja, abrazando instintivamente a su hija con más fuerza.

—Vera Ivanovna… Entremos. Hace frío aquí —espetó su suegra.

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