Siempre pensé que, si algo tenía que servir mi dinero, era para que Alejandro no repitiera mis años de estrecheces.
Conocí a Patricia, la madre de Lucía, el día de la boda civil.
Vestido caro. Perfume pesado.
Y una sonrisa que nunca llegaba del todo a los ojos.
Me llamó “Carmencita” desde el primer momento, como si fuéramos íntimas.
Pero su mirada me pesaba como una auditoría.
Cuando, tres meses atrás, se quedó “temporalmente” sin departamento por la separación con su marido, Alejandro y Lucía le abrieron las puertas de la casa.
Yo sólo pensé que sería cuestión de semanas.
Me equivoqué.
—Dice que esto es su casa —me confesó Alejandro por teléfono—.
Controla todo. Nos critica por todo.
A Lucía la tiene llorando un día sí y otro también.
Y contigo… —hizo una pausa—
Contigo tiene una fijación.
—¿Conmigo? —pregunté, arqueando una ceja, aunque él no pudiera verme.
—Dice delante de todos que te crees mejor que los demás porque “compraste la casa como si fuera un capricho”.
Mañana viene toda la familia de Lucía.
Quiero que estés.
Acepté sin dudar.
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