No porque necesitara defenderme.
Sino porque aquella casa la había pagado yo, peso a peso, renunciando a vacaciones, lujos y fines de semana.
Nadie iba a reescribir esa historia.
Mientras yo siguiera respirando.
Al día siguiente, cuando aparqué frente al chalet, ya había varios coches en la puerta.
Globos. Música suave.
Olor a paella saliendo por la ventana abierta de la cocina.
Era el cumpleaños de Lucía.
Y Patricia había insistido en organizar “algo íntimo”.
Intimidad… pensé, mirando la fila de coches.
Claro.
Entré con una botella de vino caro en la mano.
Y una sonrisa perfectamente calculada.
Lucía me abrazó rápido.
Con los ojos un poco hinchados.
Alejandro me apretó la mano con fuerza.
Como quien se agarra a un salvavidas.
Y, al fondo del salón, sentada en la cabecera de la mesa… estaba ella.
Patricia.
Vestido rojo demasiado ajustado.
Un abanico negro que abría y cerraba como un metrónomo.
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