El primero: una actualización del contrato de alquiler con Alejandro y Lucía.
Especificaba que ningún tercero podía residir en la vivienda sin autorización escrita de la propietaria.
Lo firmaron aliviados.
El segundo… era para Patricia.
Un requerimiento formal.
Quince días para abandonar la casa.
O habría acciones legales.
Frío.
Claro.
Legal.
El burofax se entregaría el mismo día de la fiesta.
Y ahora estábamos allí.
En medio de ese salón que yo había pagado.
Con sus cortinas nuevas mal escogidas.
Y sus centros de mesa recargados.
Patricia creía tener el control.
—Te veo muy seria, Carmencita —soltó—.
¿Te ha molestado que diga la verdad?
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