MILLONARIO VE A SU EXESPOSA EMBARAZADA TRABAJANDO COMO MESERA — LO QUE PASÓ DESPUÉS CAMBIÓ TODO…

Pero la mujer que tenía a 15 metros de distancia no estaba en París, no estaba cubierta de joyas ni vistiendo alta costura. Valeria estaba frotando la madera de una mesa con un trapo blanco de manera frenética, errática, como si su vida dependiera de quitar una mancha de salsa. Su cabello castaño claro, que antes siempre caía en ondas perfectas, ahora estaba recogido en una coleta desaliñada. Su piel clara estaba enrojecida. Gruas gotas de sudor bajaban por su frente y su cuello.

Se veía demacrada, pálida, con profundas ojeras violetas bajo los ojos, la mirada clavada hacia abajo, completamente rota. Y entonces Valeria se giró de perfil para alcanzar el otro extremo de la mesa. El corazón de Javier se detuvo de golpe. Debajo de ese uniforme naranja asfixiante y barato, el vientre de Valeria era enorme, redondo, pesado y bajo. Un embarazo avanzadísimo, mínimo 8 meses. El cerebro de Javier hizo el cálculo matemático con la velocidad de un látigo. meses de divorcio, 8 meses de embarazo.

No, murmuró Javier, la voz áspera, apenas un roce en su garganta. Javier, señor Garza, insistió el abogado del otro lado de la mesa, alarmado por la palidez cadavérica que había cubierto el rostro del empresario. Javier se puso de pie de un empujón. La pesada silla de roble rechinó violentamente contra el suelo de mármol, atrayendo las miradas curiosas de un par de mesas cercanas. A Javier no le importó. No le importaba el contrato, ni los 40 millones, ni su reputación.

Todo el ruido del lujoso restaurante, el tintineo de las copas de cristal de Bacarat, los cubiertos de plata, las risas suaves de la élite regiomontana se desvaneció. convirtiéndose en un zumbido sordo. Solo la veía a ella. Valeria se detuvo un segundo, soltó el trapo sobre la mesa y se llevó una mano a la base de la espalda, arqueándose con una expresión de dolor mudo. Respiraba por la boca exhausta, como si el peso de su propio cuerpo y el de la criatura que llevaba dentro estuvieran a punto de quebrar su columna vertebral.

Esa mujer que alguna vez fue la dueña de la mitad de su imperio. La mujer que caminaba con la frente en alto y una sonrisa radiante. Ahora parecía un animal acorralado y al borde del colapso físico. Javier dio el primer paso hacia ella. Sus puños estaban tan apretados a los costados de su traje azul marino que los nudillos se le pusieron blancos. Una mezcla tóxica de ira, confusión y un pánico visceral comenzó a hervirle en las venas.

¿Qué diablos estaba pasando? ¿Dónde estaba el amante millonario? ¿Por qué la mujer que destrozó su vida estaba limpiando las obras de otras personas? ¿Y de quién era ese hijo que le deformaba el cuerpo y la obligaba a arrastrar los pies? Javier avanzó por el pasillo central esquivando a un mesero. Su mirada seria, implacable y contemplativa no se despegaba de ella. Iba a exigir respuestas. Iba a destruirla con palabras si era necesario. Iba a cobrarle cada noche de insomnio.

Pero antes de que pudiera llegar, otra figura se interpuso en la escena bloqueando el camino de Valeria. Era Armando Vargas, el gerente general de Letual, un hombre de 45 años, de traje gris impecable, con el rostro tenso y la arrogancia de quien disfruta humillar a quienes están por debajo de su estatus. Javier se detuvo a tres metros de distancia, oculto parcialmente por una gran columna de mármol y un arreglo floral extravagante. Estaba lo suficientemente cerca para escuchar todo, pero fuera del campo de visión de su exesposa.

 

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