«Perdóname…» susurró Alena, secándose la cara mecánicamente. «No tienes nada de qué disculparte», dijo él. «Me llamo Sergey. Soy de una granja al otro lado del río». Llegué a casa de mis amigos para inscribirme y vi algo que no pude callar. Ella apartó la mirada. Después de lo sucedido, cualquier mirada masculina le resultaba un nuevo golpe.

El teléfono siguió vibrando en la mano de Sergey.

 

Alena no apartó los ojos de aquella palabra, aunque sabía que no debía mirar. Era un nom

Los niños de la entrada empezaron a llorar.

Alena vio aparecer a dos pequeños más detrás de la puerta de la casa.

Uno sostenía una manta.

Otro tenía los pies descalzos dentro de unas botas demasiado grandes.

Sergey dio un paso hacia Marina.

—Quería protegeros.

Ella retrocedió como si su cercanía quemara.

—No. Querías protegerte tú.

Aquello sí lo alcanzó.

Se notó.

Alena lo vio en el modo en que sus hombros se hundieron.

Porque a veces la verdad no necesita gritar para ser cruel.

Solo necesita llegar tarde.

Kolya salió corriendo hacia la casa.

Marina no lo siguió.

Miraba a su padre como si acabara de conocerlo.

Alena entendió que estaba presenciando el derrumbe de otra boda.

No con flores ni invitados.

Sino con siete hijos descubriendo que su duelo había sido construido sobre una mentira.

Sergey se volvió hacia ella.

—Lo siento.

Alena no supo si esa disculpa era por haberla traído o por haberle mostrado demasiado.

—No me lo debes a mí.

Marina soltó una risa seca.

—Claro que sí. A ella sí le dices la verdad. A nosotros no.

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