Nunca más.
Pasaron dos años.
Y la vida… cambió de una manera que jamás habría imaginado aquel día.
Usé ese dinero con cuidado.
Primero alquilé un pequeño apartamento.
Luego empecé a trabajar en algo que siempre había sabido hacer bien: cocinar.
Empecé a vender comida casera por internet.
Platos sencillos.
Comida de verdad.
Comida que sabía a hogar.
Poco a poco, los pedidos comenzaron a aumentar.
Llegaron los clientes.
Luego las recomendaciones.
Luego una pequeña cocina alquilada.
Luego empleados.
Y dos años después…
Yo estaba de pie frente a una puerta de vidrio recién instalada.
Encima había un letrero nuevo.
“Sabores de María”.
Mi propio restaurante.
Pase los dedos por el nombre.
Todavía me parecía irreal.
En ese momento, escuché que un coche se detuvo.
Miré por reflejo.
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