Una madre soltera llevó a su hijo con fiebre al trabajo... Nunca imaginó que un jefe de la mafia le ofrecería un trato que lo cambiaría todo.

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“Nuestra casa”, repite en voz baja, como saboreando su verdad accidental.

Un dolor punzante te recorre el cuello.

Abres la carpeta.

Documentos de transferencia. Protección fiduciaria. Custodia compartida de Emma si algo te sucede. Nada extravagante. Ninguna sorpresa oculta en el texto legal. Solo los cimientos de la permanencia, construidos con responsabilidad, como un hombre peligroso y precavido le ofrecería la eternidad a una mujer que alguna vez esperó que cada regalo fuera destrozado.

Levantas la vista.

El rostro de Matteo es indescifrable, de una manera que indica que es lo suficientemente vulnerable como para destrozar los muebles.

“No te lo pido hoy porque crea que me debes una vida”, dice. “Te lo pido porque ya has construido una conmigo, y desearía que la ley dejara de fingir que es temporal”. Su voz se apaga. “Cásate conmigo. O no. De cualquier manera, la casa es tuya si la quieres, y la protección de Emma no depende del romance”.

Se te hace un nudo en la garganta. Confía en que te propondrá matrimonio como un hombre que protege tu futuro antes de siquiera mencionar el amor.

Ríes entre lágrimas. «Eres la persona más inestable que he conocido».

«Eso me han dicho».

Y entonces, porque nadie debería dejarlo sufrir más sin recompensa, extiendes la mano, la tomas y dices que sí.

No porque él…

te haya salvado.

Porque nunca consideró salvarte como el precio del amor.

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