Descubrió la verdad en su noche de bodas.

La casa de Konstantin no era simplemente grande. Era extraña. Demasiado silenciosa. Demasiado ordenada. Demasiado fría.

Cuando la pesada puerta se cerró de golpe tras Alina, el sonido resonó en las paredes vacías, como si la casa la recordara para siempre.

Se quedó de pie en medio del inmenso salón, sin saber dónde poner las manos. Todo olía a madera cara, cuero y algo más… algo de hospital. Una limpieza sin vida.

"Esta es tu casa ahora", dijo Konstantin con calma.

Su voz era tranquila, pero carecía de calidez.

Alina asintió. Se sentía como una invitada. No. Ni siquiera una invitada. Como si la hubieran hecho entrar y colocado en un lugar nuevo.

La boda había terminado en un abrir y cerrar de ojos. Sin música. Sin risas. Sin amigos. Sin felicidad.

Solo un autógrafo. Y amables felicitaciones de desconocidos.

Solo una mirada de Konstantin.

La observaba fijamente, como si intentara recordar algo.

Por la noche, le mostró la habitación.

«Descansa. Estás cansada», dijo.

No la tocó. No intentó abrazarla. No le dedicó ni una sola palabra amable.

Era extraño. Pero al mismo tiempo… un alivio.

Alina se sentó al borde de la cama, con el corazón aún latiéndole con fuerza.

Pensó en su madre. En que ahora le darían medicación. En que a su padre le darían el alta antes de tiempo.

Se repetía a sí misma que había tomado la decisión correcta.

Pero algo en su interior no estaba de acuerdo.

La noche cayó como una pesada manta sobre la casa.

Alina no pudo conciliar el sueño durante un buen rato.

Cada sonido le parecía extraño.

Cada crujido era una amenaza.

Y de repente…

Pasos.

En algún lugar del pasillo.

Lentamente.

Pesados.

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