Iba a sonreírles, a servirles, a tratarlos como reyes. Pero uno por uno, los responsables de la muerte de Daniel iban a caer con mis propias manos, con mi propia cocina, con el mismo conocimiento ancestral que mi madre y mi abuela me habían transmitido. Ellos me habían enseñado a cocinar para matar el hambre. Ahora iba a cocinar para matar de verdad.
El lunes siguiente me presenté a trabajar como si nada hubiera pasado. Llegué a las 6 de la mañana a la casa de Tlajomulco. Saludé a los guardias. Entré a la cocina que conocía tan bien. Doña Celia me miró con algo parecido al alivio, como si hubiera esperado que no volviera. “Qué bueno que vino Consuelo”, me dijo. Pensé que tal vez necesitaba más tiempo.
Le dije que no, que el trabajo me ayudaba a no pensar, que prefería mantenerme ocupada. Era mentira, por supuesto. La verdad era que necesitaba estar ahí. Necesitaba observar, identificar, planear. Esa primera semana de regreso fue de pura observación. Mientras cocinaba y servía, estudiaba los rostros de todos los hombres que entraban y salían de la casa.
Trataba de identificar quiénes habían participado en la muerte de mi hijo, quiénes habían dado la orden, quiénes la habían ejecutado. No fue fácil. Nadie hablaba del tema delante de mí. Nadie mencionaba a Daniel. Era como si nunca hubiera existido, como si nunca hubiera trabajado ahí, como si su muerte fuera un asunto ya olvidado.
Pero yo tenía ojos y oídos, y los sicarios, acostumbrados a mi presencia invisible, hablaban sin cuidado cuando creían que nadie los escuchaba. Fue así como empecé a armar el rompecabezas. El primero que identifiqué fue el zorro, un tipo flaco y nervioso que trabajaba como halcón en la zona. Escuché que él había sido quien reportó que Daniel se había detenido junto a la puerta del comedor.
Esa noche él había dado la alarma, él había encendido la mecha. El segundo fue el chino, un sicario gordo con cara de luna llena, que se encargaba de los trabajos especiales. Escuché que él había sido quien levantó a Daniel, quien lo llevó al lugar donde lo torturaron. El tercero fue el comandante Ramiro, un tipo mayor que dirigía las operaciones en la zona de Tlajomulco.
Él había dado la orden de matar a Daniel. Él había decidido que mi hijo tenía que morir. Había más, muchos más, los que habían participado en la tortura, los que habían sostenido a Daniel mientras le cortaban el cuello, los que habían envuelto su cuerpo en la cobija y lo habían tirado en mi puerta como basura.
Hice una lista mental de 14 nombres, 14 hombres que directa o indirectamente habían participado en el asesinato de mi muchacho. 14 sentencias de muerte que yo iba a ejecutar con mis propias manos, pero no podía actuar precipitadamente. Tenía que ser inteligente, paciente, meticulosa. Alguien sospechaba de mí.
Si conectaban las muertes con mi cocina, me matarían a mí y después irían por Gabriela y Pedrito. Tenía que encontrar la manera de matarlos sin dejar rastro. Y para eso necesitaba recurrir al conocimiento que mi madre me había transmitido hacía tantos años. Saqué de mi memoria las lecciones sobre plantas venenosas que mi madre me había enseñado en la sierra de Jalisco.
Recordé cada hierba, cada dosis, cada síntoma. Recordé las advertencias que me había hecho, las precauciones que había que tomar y empecé a planear mi venganza. Iba a tomar tiempo, iba a requerir paciencia, iba a hacer la cosa más difícil que había hecho en mi vida. Pero lo iba a hacer por Daniel, por mi hijo, por el muchacho que soñaba con ser ingeniero y que terminó con el cuello cortado en la puerta de su propia casa.
Los iba a matar a todos uno por uno y ninguno de ellos lo vería venir. Las semanas siguientes, a mi regreso al trabajo, fueron de preparación meticulosa. Por fuera seguía siendo la misma doña Consuelo de siempre, puntual, eficiente, sonriente, siempre con un platillo caliente, listo para quien llegara con hambre.
Por dentro era otra persona completamente diferente, una persona fría, calculadora, que observaba cada movimiento, memorizaba cada rutina, planeaba cada detalle de lo que estaba por venir. Lo primero que hice fue recordar todo lo que mi madre me había enseñado sobre plantas venenosas. Pasé noches enteras sentada en mi cocina con los ojos cerrados, reconstruyendo en mi memoria cada lección, cada advertencia, cada secreto que ella me había transmitido cuando era niña en la sierra de Jalisco.
Recordé el Toloache, que crecía silvestre en los campos y que los brujos usaban para dominar voluntades. Mi madre me había explicado que en dosis pequeñas causaba alucinaciones y confusión, pero que en dosis altas paralizaba el sistema nervioso y detenía el corazón. La muerte parecía un infarto común. Nadie sospechaba nada.
Recordé la hierba de la lacrán que mi abuela usaba para quitar el dolor de muelas, pero que en cantidades mayores provocaba convulsiones y paro respiratorio. Los síntomas se parecían a una reacción alérgica severa, algo que podía pasarle a cualquiera. Recordé el chamico primo del toloach, pero más potente, más difícil de detectar.
Mi madre decía que el chamico era la hierba de los cobardes porque mataba sin dejar rastro, sin dolor, sin que la víctima supiera siquiera que estaba muriendo. Pero lo que más recordé fue una planta que mi madre llamaba la dormilona negra. Era una variedad rara que crecía solo en ciertas partes de la sierra, cerca de los arroyos donde el agua corría fría.
Todo el año. Mi madre me había llevado a verla una sola vez cuando yo tenía como 12 años y me había explicado sus propiedades con voz grave. “Esta planta es la más peligrosa de todas, Consuelo”, me dijo mientras señalaba las hojas oscuras y las flores moradas casi negras. Una cucharadita de extracto puede matar a un hombre en horas, pero lo más importante es que no tiene sabor, no tiene olor y los doctores nunca descubren qué la causó.
Parece un infarto, parece un derrame, parece muerte natural. Solo las curanderas viejas como tu abuela sabían reconocerla. me había enseñado cómo prepararla, cómo secar las hojas, cómo extraer el veneno, cómo calcular las dosis. Todo ese conocimiento había quedado guardado en un rincón de mi memoria durante décadas, esperando un momento que nunca pensé que llegaría.
Ahora había llegado. El primer paso era conseguir las plantas. El Toloache y el Chamico crecían en cualquier terreno valdío de las afueras de Guadalajara, así que empecé a recolectarlos en mis días libres. Salía temprano con una bolsa de mandado como si fuera al mercado, y caminaba por las orillas de la ciudad buscando las plantas que necesitaba.
Las cortaba con cuidado, las guardaba en bolsas de plástico y las llevaba a mi casa escondidas entre las verduras. La dormilona negra era más difícil. Según mi madre, solo crecía en las montañas del norte de Jalisco, cerca de donde yo había nacido. Tendría que hacer un viaje a mi pueblo natal para conseguirla.
Le dije a doña Celia que necesitaba unos días libres para visitar a mi familia en la sierra. Ella no puso objeciones, incluso me dio permiso de tomar una semana completa. Supongo que se sintió generosa considerando que acababan de matar a mi hijo. O quizás solo quería mantenerme contenta para que siguiera cocinando sin problemas.
Tomé un camión a San Martín de Bolaños, el pueblo donde había nacido. No había vuelto en más de 15 años y casi no lo reconocí. Muchas casas estaban abandonadas. La gente se había ido buscando trabajo en las ciudades y las calles que recordaba llenas de niños jugando ahora estaban vacías y silenciosas. Busqué a mi tía Esperanza, la única hermana de mi madre que seguía viva.
Tenía 83 años y vivía sola en una casita de adobe en las afueras del pueblo. Cuando me vio llegar, me abrazó llorando y me dijo que me parecía cada vez más a mi madre. Que en paz descanse. Le conté lo que había pasado con Daniel. Le conté todo sin omitir nada. El trabajo para el cártel
La muerte de mi hijo, el cuerpo tirado en mi puerta. Mi tía escuchó en silencio, con los ojos llenos de lágrimas y cuando terminé me tomó las manos y me miró fijamente. ¿Vienes a buscar la dormilona negra, verdad? No me sorprendió que lo supiera. Mi tía también era curandera. También había heredado el conocimiento de mi abuela. Conocía las plantas y sus usos, los buenos y los malos.
Le dije que sí, que venía a buscarla, que necesitaba hacer justicia por mi muchacho. Mi tía cerró los ojos un momento, como si estuviera consultando con los espíritus. Después los abrió y asintió lentamente. Te voy a llevar al lugar donde crece, pero antes tienes que saber algo, Consuelo. Cuando usas la dormilona negra para matar una parte de tu alma muere también. Nunca vuelves a ser la misma.
¿Estás dispuesta a pagar ese precio? Le dije que sí, que ya estaba muerta por dentro desde que mataron a Daniel, que no me importaba. perder lo que me quedaba de alma si con eso podía vengar a mi hijo. Mi tía asintió otra vez, se levantó de su silla con dificultad y me hizo señas para que la siguiera. Caminamos por el monte durante dos horas, subiendo por senderos que solo ella conocía, cruzando arroyos y trepando rocas.
A pesar de su edad, mi tía caminaba con paso firme, como si el monte le diera fuerzas. Yo la seguía en silencio, jadeando por el esfuerzo, sintiendo como el aire frío de la sierra me llenaba los pulmones. Finalmente llegamos a un pequeño claro junto a un arroyo de agua cristalina y ahí, creciendo a la sombra de unos encinos viejos, estaba la dormilona negra.
Reconocí las hojas oscuras y las flores moradas casi negras que mi madre me había mostrado hacía tantos años. Mi tía me enseñó a cortarla correctamente, a seleccionar las hojas más maduras, a extraer las raíces sin dañar la planta para que siguiera creciendo. Me explicó otra vez cómo preparar el veneno, cómo calcular las dosis, cómo conservarlo para que no perdiera potencia.
Una cucharadita en la comida mata a un hombre de 80 kg en 8 a 12 horas. Me recordó. Los síntomas parecen un infarto. Dolor en el pecho, dificultad para respirar, sudoración. Para cuando llega al hospital ya está muerto y ningún doctor va a encontrar nada raro en la autopsia porque nadie sabe buscar esta planta. Le agradecí con un abrazo largo y apretado.
Mi tía me besó la frente y me dijo que rezaría por mí, que le pidiera perdón a la Virgen por lo que iba a hacer, que no olvidara que aunque los hombres merecieran la muerte, el acto de matar siempre dejaba cicatrices en el alma. Regresé a Guadalajara con una bolsa llena de dormilona negra escondida entre mis cosas. Pasé los siguientes días procesando las plantas según las instrucciones de mi madre y mi tía.
Sequé las hojas al sol, las molí en el metate hasta convertirlas en polvo fino. Preparé un extracto concentrado hirviéndolas en agua y evaporando el líquido hasta que quedó una pasta oscura. Guardé el veneno en frascos pequeños de vidrio que escondí en el fondo de mi alacena. detrás de los frascos de especias que usaba para cocinar.
Nadie sospecharía de unos frasquitos más en la cocina de una cocinera. También preparé toloache y chamico por si necesitaba variar los métodos. Cada veneno tenía sus ventajas y desventajas. El toloache era más fácil de conseguir, pero tenía un ligero sabor amargo. El chamico era más potente, pero tardaba más en hacer efecto.
La dormilona negra era perfecta, pero difícil de reponer una vez que se acabara. Para finales de mayo, un mes después de la muerte de Daniel, ya estaba lista para empezar. Mi primer objetivo fue el zorro, el halcón que había reportado a mi hijo aquella noche fatal. Era un tipo flaco y nervioso de unos 30 años, con ojos pequeños y nariz puntiaguda que le habían ganado el apodo.
Venía a comer a la casa de Tlajomulco tres o cuatro veces por semana. Siempre pedía lo mismo, un plato de pozole rojo con mucho orégano y chile. Observé sus rutinas durante dos semanas. Siempre llegaba solo, siempre se sentaba en la misma esquina del comedor, siempre comía rápido, como si tuviera prisa por irse.
Era perfecto para mi primer intento. Un miércoles de junio, cuando el zorro llegó a pedir su pozole, le preparé un plato especial. Usé la dormilona negra, media cucharadita mezclada con el caldo caliente. El veneno se disolvió completamente, sin alterar el color ni el sabor. Le agregué el orégano y el chile de siempre y se lo serví con una sonrisa.
Aquí tiene joven con harto chile como le gusta. El zorro se lo comió todo en 10 minutos. hasta remojó una tortilla en el caldo para no dejar nada. Cuando terminó, me felicitó por el pozole como siempre, dejó 50 pesos de propina y se fue. Esa noche no dormí. Me quedé despierta contando las horas, imaginando lo que estaba pasando dentro del cuerpo del zorro, el veneno entrando en su sangre, llegando a su corazón, empezando a hacer su trabajo.
Al día siguiente, cuando llegué a trabajar, doña Celia me dio la noticia con cara de preocupación. Ya se enteró, Consuelo. El zorro se murió anoche, le dio un infarto en su casa, lo encontró su mujer tirado en el baño. Apenas tenía 32 años, ¿quién iba a decir? Fingí sorpresa y tristeza. Dije que qué tragedia, que tan joven, que cómo era posible.
Por dentro sentí algo que no había sentido desde la muerte de Daniel. Satisfacción. El primero había caído, quedaban 13. Las semanas siguientes fui refinando mi técnica. Aprendí a calcular mejor las dosis según el peso de la víctima. Aprendí a variar los venenos para que no hubiera un patrón detectable. Aprendí a espaciar las muertes para que nadie conectara los puntos.
El segundo fue el chino, el sicario gordo que había levantado a mi hijo. Le puse toloache en los frijoles refritos que tanto le gustaban, una dosis doble por su peso. Murió 5co días después de aparente derrame cerebral. Los doctores dijeron que había sido por su obesidad y su presión alta.
El tercero fue un tipo al que llamaban el pescado, que había participado en la tortura de Daniel, según escuché, en una conversación que no debían saber que yo estaba oyendo. Le puse chamico en el agua de Jamaica que le preparé en una tarde calurosa. Murió esa misma noche en su casa, aparentemente de un golpe de calor severo. El cuarto y el quinto fueron dos hermanos, los Tapia, que habían ayudado a sostener a mi hijo mientras le cortaban el cuello.
Los maté juntos en una carne asada donde me pidieron que preparara las salsas y los guisados. Puse dormilona negra en el guacamole que solo ellos comían porque los demás no les gustaba. Murieron con tres horas de diferencia en lo que los doctores llamaron intoxicación. alimentaria severa. Cada muerte era un pequeño alivio para mi alma destrozada.
Cada cuerpo que caía era un paso más hacia la justicia que el sistema nunca me iba a dar. No me sentía culpable, no sentía remordimiento, solo sentía que estaba haciendo lo que tenía que hacer, lo que cualquier madre haría si pudiera, pero sabía que tenía que ser cuidadosa. Demasiadas muertes en poco tiempo podrían levantar sospechas.
Así que empecé a espaciar más los ataques, a esperar semanas o incluso meses entre uno y otro. El sexto fue en septiembre. Un tipo al que llamaban el colombiano, aunque era de Michoacán, que había conducido la camioneta que transportó a Daniel al lugar donde lo torturaron. Le puse veneno en los tamales de rajas que le mandé de regalo por su cumpleaños.
Murió 4 días después de supuestos problemas renales. El séptimo fue en noviembre. un alcón llamado el perro que había vigilado que nadie interrumpiera mientras torturaban a mi hijo. Le puse toloache en el atole de masa que le vendí en una mañana fría. murió al día siguiente de lo que parecía una sobredosis de drogas, aunque él juraba que estaba limpio.
El octavo fue en enero del año siguiente. Un sicario veterano al que respetaban todos, el comandante Víctor, que había supervisado toda la operación esa noche. Era más difícil de alcanzar porque comía poco en la casa de seguridad. Prefería comer en restaurantes o en su propia casa. Tuve que esperar tres meses hasta que me encargaron preparar la comida para una reunión importante a la que él asistió.
Le puse dormilona negra en el mole negro, que era su platillo favorito. Murió una semana después de un infarto fulminante que sorprendió a todos porque él se cuidaba mucho y hacía ejercicio. Ocho muertos en menos de un año. Ocho de los 14 nombres de mi lista, la mitad del camino recorrido.
Para entonces empezaba a correr un rumor dentro de la organización. Decían que había una maldición sobre la gente que trabajaba en la zona de Tlajomulco. Decían que demasiados sicarios estaban muriendo de formas extrañas, que algo sobrenatural estaba pasando. Algunos hasta fueron a ver brujos y curanderos buscando protección contra el mal de ojo. Nadie sospechaba de doña Consuelo.
¿Cómo iban a sospechar? Era solo una viejita de 50 años que cocinaba para ellos desde hace una década. Era prácticamente de la familia. Era la señora que les hacía pozole y les preparaba agua de horchata cuando hacía calor. Ese era mi poder, mi invisibilidad, mi capacidad de parecer inofensiva mientras sembraba la muerte en cada platillo que servía.
Pero todavía quedaban seis nombres en mi lista. Incluyendo el más importante de todos, el comandante Ramiro, el jefe de plaza que había ordenado la muerte de mi hijo y él iba a ser el más difícil de alcanzar. El comandante Ramiro era un hombre precavido. A diferencia de los sicarios comunes que comían lo que fuera sin pensarlo dos veces, él tenía sus propias reglas de seguridad alimentaria.
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