—¡Hombre, la gran benefactora! —dijo en cuanto me vio, levantando la copa para que todos la miraran—.
Sin Carmen no tendríamos… bueno, nada de esto, ¿verdad?
Algunas primas de Lucía rieron.
Sin saber muy bien de qué.
Yo avancé despacio.
Dejé la botella sobre la mesa auxiliar.
Y besé a Patricia en la mejilla.
Sentí el tirón de su boca al tensarse.
—Buenas tardes, Patricia.
Veo que lo tienes todo muy organizado.
Recorrí con la vista la decoración recargada.
Había arruinado por completo el trabajo del interiorista original.
—Una hace lo que puede con lo que le dejan —respondió, alto—.
Al fin y al cabo, esta casa es de mi hija y de mi yerno.
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