Me preparé un café. Me senté a pensar. Tenía dos caminos. El primero: llamarlo, advertirle, salvarlo de la cárcel. El segundo: dejar que la vida le diera la lección que yo no fui capaz de darle en treinta y tantos años.
Recordé su voz al teléfono.
“Nos vemos. O tal vez no.”
Recordé a Vanessa preguntando si mi casa no era demasiado buena para una vieja sola.
Recordé mi firma arrancada entre fiebre y confianza.
Me tomé el café de un solo trago.
Y decidí no salvarlo.
Al día siguiente, el amor de madre terminó donde empezaba la ley.
Al día siguiente, jueves, me vestí como si fuera a una guerra elegante. Me puse un vestido azul marino de seda, perlas, tacones sobrios y un labial rojo que Ernesto siempre decía que me daba cara de mujer invencible. Luego llamé a mi abogado, el licenciado Raúl Cárdenas.
—Raúl, te veo en el Club Mirador del Pacífico a las ocho. Lleva a la policía. Voy a denunciar un fraude, falsificación y abuso de confianza.
Hubo un silencio.
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