—Teresa… es tu hijo.
—Y él fue el primero en romper el pacto entre madre e hijo.
Llegué al club a las ocho en punto.
La fiesta era obscenamente lujosa. Flores blancas por todas partes. Un cuarteto de cuerdas. Meseros con champaña francesa. Un pastel de cinco pisos. Todo pagado, o mejor dicho, prometido con un dinero que Diego creyó haber sacado de mí.
Cuando me vio entrar, se puso pálido.
Vanessa estaba preciosa, con un vestido que costaba más que el salario anual de muchos de nuestros antiguos empleados. Diego se acercó a mí con furia contenida.
—¿Qué haces aquí? Te dije que no quería verte.
—Vine a darte tu regalo de bodas —le respondí.
—¿Regalo? Si ya no tienes nada.
Lo miré con una tristeza que me quemó por dentro.
—Ay, Diego. Me quitaste el dinero de la despensa, no la fortuna. Y lo del departamento… dime, ¿ya entregaste las llaves al comprador?
—Sí. Me dio trescientos mil pesos de anticipo esta mañana. ¿Por qué?
Sonreí apenas.
—Porque ese departamento no es mío, hijo. Es de una holding familiar. El poder que me sacaste en el hospital no sirve para venderlo. Vendiste algo que no te pertenece.
Sentí cómo se le iba la sangre de la cara.
—¿Qué… qué estás diciendo?
—Que el comprador intentará registrar la operación y descubrirá que cayó en una estafa. Que falsificaste una autorización. Que abusaste de una enferma. Y que legalmente eso se llama fraude.
Vanessa se acercó, irritada.
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