Parte 2 “No necesito caridad… solo necesito trabajar”, ​​dijo la niña; el dueño de la granja quedó atónito.

La carga era demasiado grande para ella. Se notó en el momento en que la levantó. Por un segundo pareció que iba a caerse. Pero cambió la forma de abrazar los troncos, afirmándose con todo el cuerpo, y caminó paso a paso sin quejarse hasta la cocina.

Los hombres la siguieron con la mirada.

Regresó con los brazos vacíos y preguntó:

—¿Qué sigue?

Aquella misma noche, ya con el fuego encendido en la cocina, Tomás notó algo extraño: Clara contaba cuidadosamente cada moneda que él le pagaba, las envolvía en un pedazo de tela y las escondía dentro de la bota.

—¿Estás ahorrando para algo?

—Sí.

—¿Para qué?

Clara lo dijo como quien anuncia algo perfectamente lógico.

—Para comprar tierra.

Tomás la miró con sorpresa.

—Muchos hombres hechos y derechos no pueden comprar tierra por aquí.

—No necesito mucha —respondió—. Solo la suficiente.

Aquella respuesta se le quedó dando vueltas.

Durante los días siguientes, Clara sorprendió a todos. Se levantaba antes del amanecer, alimentaba a las gallinas, limpiaba el gallinero, barría el establo, pulía monturas y no pedía descanso. Al cuarto día, hasta Jacinto tuvo que admitirlo.

—Trabaja más duro que la mitad de los hombres que he contratado —le dijo a Tomás.

Pero la paz duró poco.

Una tarde, mientras el sol caía detrás de los cerros nevados, los perros del rancho comenzaron a ladrar con furia. Un jinete apareció a lo lejos y se acercó a toda velocidad hasta frenar frente al portón.

Era un hombre alto, de rostro afilado y ojos fríos. Su abrigo negro estaba cubierto de nieve. En cuanto vio a Clara, sonrió de una manera que heló el ambiente más que el clima.

La cubeta que la niña llevaba en las manos cayó al suelo.

Tomás se dio cuenta al instante.

La conocía apenas desde hacía unos días, pero era suficiente para notar que aquella rigidez en sus hombros no era común. Era miedo.

—¿Quién es usted? —preguntó Tomás, poniéndose delante de ella.

—Baltasar Briones —respondió el jinete sin apartar la vista de Clara—. Y esa niña me pertenece.

Jacinto soltó un insulto por lo bajo.

—¿Cómo que te pertenece?

Baltasar sonrió.

—Su padre me debía dinero. Murió sin pagar. Las deudas pasan a la familia.

Clara habló entonces, con rabia contenida.

—Eso no es verdad.

Baltasar sacó un documento doblado del abrigo.

—Aquí está la firma.

Tomás tomó el papel. Era un contrato de préstamo por treinta pesos, con intereses abusivos agregados mes tras mes. Una ruina para cualquier campesino pobre.

—Mi papá decía que ese hombre lo engañó —dijo Clara—. Lo hizo firmar dos veces.

Tomás revisó mejor el documento. Algo no le gustó. La tinta de una marca era diferente. Más oscura, más reciente.

Baltasar estiró la mano.

—Te doy hasta mañana al amanecer. O me entregan a la niña, o me pagan cincuenta pesos con intereses. Y si no, voy por el sheriff.

Montó de nuevo y se fue.

Clara se quedó quieta, mirando la nieve.

—Le dije que no aceptaba caridad —susurró.

Tomás bajó la vista hacia ella.

—Esto ya no se trata de caridad.

Aquella noche, el viento volvió a levantarse.

******** PARTE 3 ********

Dentro de la casa, con el papel extendido sobre la mesa, Tomás repasó la firma una y otra vez. Clara cosía un guante roto junto al fuego con la misma calma con la que hacía todo.

—¿Ese hombre engañó a tu padre? —preguntó Tomás.

Clara levantó la vista.

—Le dijo que la segunda marca era de testigo. Pero mi papá no sabía leer bien. Después volvió a pedirle más dinero. Mi papá ya no quiso.

Jacinto, que acababa de entrar sacudiéndose la nieve de los hombros, miró el documento.

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