Parte 2 “No necesito caridad… solo necesito trabajar”, dijo la niña; el dueño de la granja quedó atónito.
—Entonces no viene a cobrar una deuda. Viene a robarse a una niña.
Tomás no respondió, pero lo sabía.
Y no iba a permitirlo.
A medianoche, la tormenta cayó con toda su fuerza. El viento golpeó el establo, las lámparas parpadearon y de pronto se oyó un estruendo seco.
Luego, el sonido que heló a Tomás más que la tormenta:
los caballos gritando.
Salió disparado con el abrigo a medio cerrar. Jacinto salió del cuarto de peones al mismo tiempo. Lucharon contra el viento hasta llegar al establo. Una puerta lateral se había abierto de golpe. La nieve entraba en remolinos y varios caballos, aterrados, pateaban los tablones intentando escapar.
Y en medio de aquel caos estaba Clara.
Sostenía una rienda con ambas manos mientras un caballo se encabritaba sobre ella.
—¡Clara! —gritó Tomás.
—¡Se rompió la tranca! —respondió ella—. ¡Si corren, se mueren allá afuera!
Otro caballo golpeó la puerta del corral y logró soltarse. Luego otro. Los dos salieron disparados hacia la tormenta.
—¡Todos afuera! —gritó Jacinto al notar que el techo crujía bajo el peso de la nieve.
Pero Clara ya había visto a los caballos perderse en la oscuridad.
—¡Van a seguirme! —dijo.
Tomás la agarró del brazo.
—¡No vas a salir ahí!
—¡Si no vuelven, se congelan!
Y antes de que pudiera detenerla, la niña se soltó y corrió hacia la blancura.
Por un segundo, la nieve se la tragó.
Ese instante le rompió algo a Tomás por dentro.
Porque no era solo una niña obstinada a la que había recogido del camino.
Era una presencia que, en pocos días, había llenado un hueco que él llevaba años escondiendo.
Su propia hija había muerto de fiebre mucho tiempo atrás. Desde entonces, Tomás había aprendido a vivir sin pronunciar ciertas ausencias. Pero ver a Clara correr hacia la tormenta fue como sentir otra vez aquella vieja impotencia.
—No otra vez —murmuró.
Y salió tras ella.
El viento le cortaba el rostro. Apenas lograba ver las huellas pequeñas que iban medio cubriéndose en la nieve. Las siguió hasta la cerca del potrero, junto a una hondonada. Allí oyó un relincho.
Y la vio.
Clara estaba entre los dos caballos, sujetando una rienda con cada mano, arrastrando sus botas en la nieve, hablándoles con una voz pequeña pero firme.
—Tranquilos… tranquilos… ya…
Tomás llegó hasta ellos, tomó una de las riendas y juntos, paso a paso, fueron guiando a los animales de regreso al establo.
Cuando por fin cerraron las puertas, Jacinto los miró como si hubiera visto regresar fantasmas.
Clara estaba empapada, con las mejillas rojas de frío, pero seguía de pie.
—Casi los tenía —dijo, jadeando.
Tomás no pudo contenerse más.
Se agachó frente a ella y, con una voz que apenas le salía, dijo:
—Podrías haberte muerto.
Ella se encogió de hombros.
—Ellos también.
Jacinto soltó una carcajada incrédula.
—Patrón, esta criatura tiene más agallas que media sierra.
Tomás no se rió.
Solo la miró.
Amaneció con el mundo cubierto de nieve nueva y un silencio casi sagrado sobre el rancho. Pero el problema seguía allí. Y poco después del alba, Baltasar Briones regresó.
Desmontó frente al portón con la misma sonrisa fría del día anterior.
—Bueno. ¿Traen mi dinero?
Tomás sacó el papel del abrigo.
—He estado viendo esto.
Baltasar extendió la mano con indiferencia.
—Entonces ya sabes cuánto me debes.
Tomás señaló la firma de abajo.
—Curioso lo de la tinta. Esta parte es más reciente que el resto.
Baltasar no respondió de inmediato.
Clara dio un paso adelante.
—Mi papá nunca firmó esa segunda línea.
Jacinto se colocó junto a ellos.
—Y al sheriff le va a interesar oírlo.
Por primera vez, Baltasar dejó de verse completamente seguro.
Tomás siguió hablando, despacio, para que cada palabra pesara.
—También creo que al sheriff le va a parecer interesante que intentes cobrarle una deuda inventada a una huérfana de ocho años. Y más le va a interesar que no es la primera vez que haces algo así.
Baltasar frunció el ceño.
—¿De qué hablas?
Tomás alzó la voz hacia la cerca, donde varios vecinos de ranchos cercanos se habían acercado al ver el movimiento. Entre ellos estaba don Eusebio, luego una viuda llamada Leonor, y después otro hombre viejo que bajó la vista en cuanto vio el papel.
—¿Alguno de ustedes firmó algo con él? —preguntó Tomás.
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