Parte 2 “No necesito caridad… solo necesito trabajar”, ​​dijo la niña; el dueño de la granja quedó atónito.

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******** PARTE 2 ********

El trayecto al rancho fue silencioso al principio.

La carreta avanzaba con esfuerzo entre la nieve mientras el pueblo desaparecía detrás de ellos. Las luces del salón quedaron lejos. Delante solo había llanuras blancas, cercas casi enterradas y un cielo gris como plomo.

—¿Llevabas mucho tiempo en Arroyo Seco? —preguntó Tomás al fin.

—Tres meses.

—¿Llegaste con tu familia?

Clara asintió.

—Mi papá enfermó primero. Fiebre. Luego mi mamá. Lavaba ropa para la gente del pueblo, pero después le agarró la misma tos… y ya no pudo.

Lo dijo sin quebrarse. Eso dolió más.

—¿Y cómo sobreviviste sola?

—Barriendo establos. Cargando agua. Lavando platos atrás del salón. A veces me daban comida cuando terminaba.

Tomás apretó las riendas.

—¿Y si no había trabajo?

Clara miró al frente.

—Entonces esperaba a que hubiera.

Otra vez esa frase lo golpeó por dentro.

Cuando llegaron al Rancho Cárdenas, el humo salía por la chimenea y el granero crujía con el viento. Antes de que Tomás bajara, Clara ya había saltado de la carreta y estaba mirando el corral, la leña apilada y el establo como si no fuera una niña entrando a un lugar nuevo, sino una peona midiendo lo que había por hacer.

Dentro del establo, los hombres se volvieron al verlos entrar. El primero fue Jacinto Duarte, capataz del rancho, un hombre grande, barbón, desconfiado por naturaleza.

—Patrón —saludó—. ¿Y esta quién es?

—Se llama Clara —respondió Tomás—. Va a trabajar.

Jacinto miró a la niña, luego a Tomás, luego otra vez a la niña.

—¿Trabajar? ¿Ella?

—Yo puedo —intervino Clara antes de que Tomás hablara—. Cargo leña, doy de comer a las gallinas, limpio arreos.

Uno de los peones soltó una risa breve.

Jacinto se cruzó de brazos.

—¿Has trabajado con caballos?

—Sí.

—¿Alguno te ha pateado?

—No.

—Lo hará si no tienes cuidado.

—Tengo cuidado.

Aquella respuesta seca le arrancó una carcajada a uno de los mozos. Jacinto negó con la cabeza, medio vencido, medio divertido.

—Bueno, pues vamos a ver, señorita ocho y medio.

Le señaló un pequeño montón de leña junto a la puerta.

—Lleva eso a la cocina.

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