«Perdóname…» susurró Alena, secándose la cara mecánicamente. «No tienes nada de qué disculparte», dijo él. «Me llamo Sergey. Soy de una granja al otro lado del río». Llegué a casa de mis amigos para inscribirme y vi algo que no pude callar. Ella apartó la mirada. Después de lo sucedido, cualquier mirada masculina le resultaba un nuevo golpe.

Sergey detuvo el coche frente a la puerta lateral.

—No tienes que entrar.

Alena miró el edificio.

—Sí tengo.

—¿Por él?

—No.

Respiró hondo.

—Por mí.

Sergey la observó.

—Entonces entra con la cabeza levantada.

Ella casi sonrió.

—No sé si me queda cabeza para levantar.

—Te queda.

Alena bajó del coche.

Antes de cerrar la puerta, él dijo:

—Alena.

Ella se volvió.

—Si mañana decides que todo esto fue una locura, lo entenderé.

—Lo fue.

—Sí.

Por primera vez, ambos compartieron una verdad pequeña.

No hermosa.

Pero sólida.

Alena entró por la puerta lateral.

El pasillo olía a sopa fría, perfume barato y ropa mojada.

Las voces bajaron apenas la vieron.

Su madre fue la primera en levantarse.

—Hija…

Alena no la dejó abrazarla todavía.

No por crueldad.

Porque si su madre la tocaba, quizá se rompería otra vez.

—¿Dónde está Denis?

Su padre apareció al fondo del pasillo.

Tenía los ojos rojos.

—Se fue.

—¿A dónde?

Nadie respondió.

Entonces habló una tía desde una silla.

—Dicen que a casa de los Zorin. La hija del constructor está allí.

Alena sintió que el nombre confirmaba lo que Sergey había dicho.

No fue sorpresa.

Fue una puerta abriéndose hacia un cuarto que ya olía a traición.

—Voy a ir —dijo.

Su madre se llevó una mano a la boca.

—No, por favor. Ya fue suficiente.

—No fue suficiente.

—Van a hablar más.

Alena la miró.

—Ya están hablando.

El padre dio un paso adelante.

—Te acompaño.

Ella negó con la cabeza.

—No. Esta vez no.

Su padre pareció herido, pero entendió.

Tal vez porque los padres saben cuándo ya no pueden cargar el dolor de sus hijos.

Alena salió de nuevo.

No caminó deprisa.

El barro le tiraba del vestido.

Las luces del pueblo parecían mirarla desde las ventanas.

Cada paso era una vergüenza.

Pero también una decisión.

La casa de los Zorin estaba a tres calles, detrás de una verja verde recién pintada.

Había varios coches afuera.

Música baja.

Risas.

No una celebración enorme.

Algo peor.

Una comodidad inmediata.

Alena llamó al timbre.

Abrió una mujer elegante, con pendientes brillantes y una sonrisa que murió al reconocerla.

—Alena…

—Necesito hablar con Denis.

—No creo que sea buen momento.

Alena miró por encima de su hombro.

Denis estaba en la sala, con una copa en la mano.

Junto a él, una joven de cabello oscuro se quedó inmóvil.

La hija del constructor.

Denis palideció.

Eso le dio a Alena más fuerza que cualquier consuelo.

—Dijiste que no podía tener hijos —dijo ella, sin gritar—. Dilo otra vez.

Los presentes dejaron de hablar.

Denis dejó la copa sobre la mesa.

—No hagas una escena.

Alena entró sin pedir permiso.

—La escena la hiciste tú.

La madre de la muchacha intentó intervenir, pero la joven levantó una mano.

—Déjela hablar.

Denis apretó los labios.

—No tienes dignidad.

Alena sintió el golpe, pero no retrocedió.

—Mi dignidad no depende de que tú la reconozcas.

Hubo un murmullo.

La joven de cabello oscuro miró a Denis.

—¿Es verdad lo que dijiste en el registro?

Denis forzó una sonrisa.

—Katya, no tenemos que escuchar esto.

—Te pregunté si es verdad.

Él evitó sus ojos.

Ahí estuvo la respuesta.

Alena lo vio.

Katya también.

Pero Denis eligió la salida más sucia.

—Su familia lo sabía. Todos lo sabían. Yo solo no quise atarme a una vida sin futuro.

Alena dio un paso hacia él.

—¿Quién te dio esa información?

—No importa.

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