«Perdóname…» susurró Alena, secándose la cara mecánicamente. «No tienes nada de qué disculparte», dijo él. «Me llamo Sergey. Soy de una granja al otro lado del río». Llegué a casa de mis amigos para inscribirme y vi algo que no pude callar. Ella apartó la mirada. Después de lo sucedido, cualquier mirada masculina le resultaba un nuevo golpe.

Una sonrisa triste.

—Entonces ya aprendimos algo.

Ella abrazó el ramo destruido contra el pecho.

—Pero puedo acompañarte a casa.

Sergey levantó la vista.

—¿Por qué?

Alena pensó en Marina.

En Kolya.

En la niña con fiebre.

En la verdad cayendo sobre una casa sin preparación.

—Porque una verdad dicha tarde necesita testigos que no intenten maquillarla.

—No tienes que cargar con mis hijos.

—No voy a cargarlos. Solo voy a entrar, poner agua a hervir y marcharme cuando corresponda.

Sergey abrió la puerta del coche.

Esta vez no parecía una propuesta.

Parecía una posibilidad humilde.

Volvieron a la granja bajo la lluvia.

Cuando llegaron, la casa estaba en silencio.

Eso fue lo peor.

Sergey abrió la puerta.

El calor de la estufa les golpeó el rostro.

La cocina estaba desordenada. Había tazas, pan cortado, una manta en el suelo, medicinas sobre la mesa.

Marina estaba sentada junto a Liza, tocándole la frente con un paño húmedo.

Kolya no estaba.

Los gemelos miraban desde debajo de la mesa.

La niña pequeña abrazaba una muñeca.

Nadie saludó.

Sergey se quitó el gorro.

—He vuelto.

Marina no levantó la vista.

—Qué generoso.

Alena entró despacio.

Dejó el ramo roto junto a la puerta, no en la mesa.

Luego fue al fregadero, se lavó las manos y buscó una tetera.

Nadie le dijo dónde estaba.

La encontró sola.

Esa pequeña acción cambió algo en la cocina.

No arregló nada.

Pero desplazó la atención del dolor al agua, al fuego, al paño, a la fiebre.

Sergey se acercó a Marina.

—Voy a buscar a Kolya.

—Está en el establo —dijo ella—. No quiere verte.

—Lo sé.

—Entonces no vayas como padre ofendido.

Sergey bajó la cabeza.

—Iré como padre culpable.

Marina tragó saliva, pero no respondió.

Cuando él salió, Alena puso la tetera en la estufa.

La niña pequeña la miró.

—¿Tú eres la nueva mamá?

Alena sintió que Marina se tensaba.

Se agachó frente a la niña.

—No.

—¿Entonces quién eres?

Alena pensó mucho antes de responder.

—Hoy soy alguien que también perdió una mentira.

La niña no entendió.

Pero Marina sí.

Sus ojos se levantaron por fin.

No había amistad en ellos.

Pero sí una pregunta.

—¿Por qué volviste?

Alena se sentó lejos de la silla más gastada, que asumió era la de la madre.

—Porque tu padre dijo una verdad difícil y luego casi se quedó solo con ella.

—Se merece quedarse solo.

—Tal vez.

Marina frunció el ceño.

No esperaba esa respuesta.

—¿Entonces por qué lo ayudas?

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